Las últimas luces del atardecer
se llevaban consigo la miseria del día que había vivido, otra vez, de forma
rutinaria; Otra vez con ese dejo de quedarle debiendo a la vida algo más,
alguna emoción, alguna aventura, por pequeña que sea, que merezca
verdaderamente la oportunidad de vivir. Sentado en el bus, en el asiento que
daba hacia la ventana, contemplaba como el atardecer daba paso a la oscuridad
de la noche, dando el toque melancólico de otro día más perdido. Cansado,
intentaba acomodarse lo mejor que pudiera en aquel asiento con forro de cuerina
y base metálica que día tras día lo
trasladaba a casa, como si fuera la silla de ruedas que lo lleva desde la sala
de operaciones hasta la sala de reposo. Cansado. Las ganas de vivir quedaban
allá, lejos del hogar. Solo quería llegar a casa, calentar alguna comida que
hubiera quedado en el refrigerador de días anteriores, destapar una lata de cerveza
y acompañarse frente al televisor con los ruidos enigmáticos, risas y aplausos
que vociferaban programas sin sentido para gente como él. Así olvidaba por un
rato la miseria del día vivido, ensimismado por el rayo catódico que reventaba
electrones en formas de colores en el vidrio del televisor. Meditación
hipnótica en base a estímulos preestablecidos.
Alguna
vez tuvo algo que se podría haber llamado familia. Estuvo junto a una mujer, la
cual tenía una hija. Convivieron más de cuatro años pero al final la relación
se volvió tediosa, la mujer comenzó a frecuentar a alguno de sus ex parejas,
descuidaba a su hija, en ocasiones salía sin avisar y no volvía hasta el día
siguiente y eso fue acabando con la paciencia de J. Al final, después de unas
escenas de violencia psicológica, optó por dejar de vivir con ella, abandonando
el lugar donde arrendaban y dejándole de regalo la última paga del arriendo.
Nunca más la buscó, en definitiva estaba loca, aunque la quería. Desde aquella
temporada dejó de buscar pareja, necesitaba volver a la soledad aunque ésta
fuera una compañía ponzoñosa y corrosiva.
La
soledad diaria lo convidaba a pensar, reflexionar sobre su vida, las vidas de
los demás, en general sobre el vivir. Terminó trabajando de ayudante de un
contador, organizando facturas, libros de compra y venta, boletas, honorarios.
Nada muy prometedor. La paga era buena y le alcanzaba para pagar un cuarto
donde ir muriendo con tranquilidad y comprar cervezas para acompañar la fúnebre marcha
diaria. La organización de los números le quitaba gran parte de su energía,
mentalizado en cuadrar bien todo el trabajo para recibir alguna bonificación a
fin de mes y permitirse algún lujo de vez en cuando. Llegó al punto en que se
encontraba más tranquilo entre cosas inertes que al lado de personas, personas
llenas de problemas y vidas miserables. Pocos lograban salir de aquél círculo
trazado perfectamente desde el nacimiento de cada uno. El destino era aquel. La
vida de sufrimiento y muchas veces casi nadie se daba cuenta. La soledad le
permitía reflexionar eso, darse cuenta, asumirlo y seguir igual. No tenía la
valentía necesaria para salir de un plan tan bien prefigurado. La soledad y las
ventanillas de los buses eran sus mejores compañeros. Luego la cerveza y la
televisión.