viernes, 4 de octubre de 2013

Cadáver I

Ya estaba cansado de todo esto
y el astro que opacaba fugazmente su luz
aunque quisiste se un joven artista
bajó la escalera, la vio allí, desnuda y ebria
y la cerveza siempre helada
aullando contempló la luna, sobre las rocas. Lloró.
Hice lo que quise desde que nací
bebió de la botella. Vio su gente. Sonrió
lo importante es nunca dejar de moverse
cerró esa puerta y se decidió a seguir caminando
y si no fuese eso sería la muerte puta en una o dos líneas

las risas sonaban en el escenario. Cae el telón

Ocaso (visión directa) Falta final

               Las últimas luces del atardecer se llevaban consigo la miseria del día que había vivido, otra vez, de forma rutinaria; Otra vez con ese dejo de quedarle debiendo a la vida algo más, alguna emoción, alguna aventura, por pequeña que sea, que merezca verdaderamente la oportunidad de vivir. Sentado en el bus, en el asiento que daba hacia la ventana, contemplaba como el atardecer daba paso a la oscuridad de la noche, dando el toque melancólico de otro día más perdido. Cansado, intentaba acomodarse lo mejor que pudiera en aquel asiento con forro de cuerina y base metálica  que día tras día lo trasladaba a casa, como si fuera la silla de ruedas que lo lleva desde la sala de operaciones hasta la sala de reposo. Cansado. Las ganas de vivir quedaban allá, lejos del hogar. Solo quería llegar a casa, calentar alguna comida que hubiera quedado en el refrigerador de días anteriores, destapar una lata de cerveza y acompañarse frente al televisor con los ruidos enigmáticos, risas y aplausos que vociferaban programas sin sentido para gente como él. Así olvidaba por un rato la miseria del día vivido, ensimismado por el rayo catódico que reventaba electrones en formas de colores en el vidrio del televisor. Meditación hipnótica en base a estímulos preestablecidos.
                
               Alguna vez tuvo algo que se podría haber llamado familia. Estuvo junto a una mujer, la cual tenía una hija. Convivieron más de cuatro años pero al final la relación se volvió tediosa, la mujer comenzó a frecuentar a alguno de sus ex parejas, descuidaba a su hija, en ocasiones salía sin avisar y no volvía hasta el día siguiente y eso fue acabando con la paciencia de J. Al final, después de unas escenas de violencia psicológica, optó por dejar de vivir con ella, abandonando el lugar donde arrendaban y dejándole de regalo la última paga del arriendo. Nunca más la buscó, en definitiva estaba loca, aunque la quería. Desde aquella temporada dejó de buscar pareja, necesitaba volver a la soledad aunque ésta fuera una compañía ponzoñosa y corrosiva.

               
               La soledad diaria lo convidaba a pensar, reflexionar sobre su vida, las vidas de los demás, en general sobre el vivir. Terminó trabajando de ayudante de un contador, organizando facturas, libros de compra y venta, boletas, honorarios. Nada muy prometedor. La paga era buena y le alcanzaba para pagar un cuarto donde ir muriendo con tranquilidad y comprar cervezas para acompañar la fúnebre marcha diaria. La organización de los números le quitaba gran parte de su energía, mentalizado en cuadrar bien todo el trabajo para recibir alguna bonificación a fin de mes y permitirse algún lujo de vez en cuando. Llegó al punto en que se encontraba más tranquilo entre cosas inertes que al lado de personas, personas llenas de problemas y vidas miserables. Pocos lograban salir de aquél círculo trazado perfectamente desde el nacimiento de cada uno. El destino era aquel. La vida de sufrimiento y muchas veces casi nadie se daba cuenta. La soledad le permitía reflexionar eso, darse cuenta, asumirlo y seguir igual. No tenía la valentía necesaria para salir de un plan tan bien prefigurado. La soledad y las ventanillas de los buses eran sus mejores compañeros. Luego la cerveza y la televisión. 

Réquiem en C mayor

Empezaba a amanecer, se sentían los hedores de un nuevo día en la ciudad. La relación entre ellos había empeorando, ya casi no se veían; la verdad, a ella ya no le gustaba él. Así es la vida, un ciclo interminable de causas y consecuencias.

Él quería verla una vez más, sentir su alma junto a la suya, evocar aquellas antiguas sensaciones que solo logró a su lado.

Esa noche la fue a buscar. Conocía su departamento, sabía cuál era su rutina los fines de semana. Ella iba a casa de sus amigas que vivían hacia el otro lado de la ciudad, en su auto y siempre con su fiel compañera felina, Venus. Salía, se divertía, bebía, esperaba hasta que se le pasara el efecto de la borrachera y volvía de madrugada a su casa.

Esa mañana, presintió que algo no iba bien.

Al llegar al estacionamiento vio de reojo una sombra. Se bajó del auto, sintió una presencia detrás de ella y todo acabó. El cuchillo se hundió rápidamente por su espalda, directo al corazón.

Él la besó

- Deberías haberme amado más, ahora estaremos juntos por siempre…

La gata salió silenciosamente mientras un guardia la observaba pasar.







Proyecto de escritura en base a una imagen aleatoria y de máximo 200 palabras. Construido para ser presentado en un concurso, pero olvidado y nunca presentado.



domingo, 25 de agosto de 2013

Premonición

Soñaba con sexo, eso fue lo primero, aunque después todo se distorsionó, el sueño pasó de un agradable ambiente erótico con la mujer que deseaba a una oscuridad absoluta, en cosa de segundos, en donde su visión daba vueltas rápidamente, sin ángulos de mira fija, como si el camarógrafo se hubiera vuelto loco, o producto de una larga noche de alcohol, no pudiera enfocar bien; en medio de una lúgubre ciudad, solo iluminada por unas tenues luces rojas dándole un  aspecto de ciudad cabaret. No había gente, la cámara seguía dando vuelta en círculos, asimilando el vuelo de algún pájaro, aunque a él no le gustaba mucho esa comparación; odiaba las plumas. Se extrañó (en el sueño) de que no hubiera gente en aquella ciudad tan grande, pensó que algo extraño debía haber ocurrido, pensó en las plagas del antiguo Egipto, pensó en volver a casa para marcar la puerta con sangre y evitar cualquier posible acción de la plaga de sus sueños, nada de lo que pensaba lo llevó a la práctica, finalmente siguió dando vueltas por ahí, cada vez mas mareado y extrañado de la soledad; Edificios en sombras, música que llegaba de ningún lado, risas que salían de bocas inexistentes, pero nadie, absolutamente nadie en la ciudad. Lo aburrió, se quiso retirar de aquel extraño sueño, regresar a la cama con sábanas de satín y esa hermosa mujer que sabía como satisfacerlo, pero no podía.Oscuridad, un vacío. Ahora caía rápidamente. Veía pasar los muros del abismo a su lado, eran una masa oscura, la velocidad era impresionante. De pronto sintió que el final del abismo se encontraba cerca, caía de espaldas pero lo intuyó. El sonido del viento cambiaba. Giró su cabeza, asustado, y vio el suelo acercarse a una velocidad espantosa. Sintió miedo, lloró. Antes de estrellar su cuerpo contra el asfalto y reventar su cabeza ensuciando toda la acera con sangre y pensamientos, despertó. Se levantó de golpe, sudando y con su cuerpo agitado. Tembló. Miró el reloj de su velador, las 5:43 de la mañana. Todavía quedaban algunas horas más para comenzar un nuevo día. Se levantó, bajó a la cocina, buscó un vaso y se apresuró a llenarlo con agua fresca. Estaba fría, las heladas de la mañana congelaban las cañerías. Al beberla sintió como el frío del exterior se fundía con él. Su cuerpo tembló, pero se sintió bien. Intentó recordar algo de los sueños que tuvo.Nada. Solo la caída. Siempre despertaba con aquella caída. El sueño aquel lo sentían todos, no era algo nuevo  para él. El subconsciente lo hacía para evitar seguir soñando o porque algo pasaba en el exterior. Lo raro era que nunca podía recordar los sueños anteriores a eso. Buscó en el comedor la cajetilla de cigarrillos de su hermana, le sacó uno y fumó. Intentó pensar en otra cosa, pero lo mejor fue dejar de pensar. Sentir el humo recorrer sus pulmones lo relajaba. Terminó de fumar y se fue a la cama. Se metió a ella cuidando buscar el lado que no estuviera helado por el sudor, se cubrió lo mejor que pudo y volvió a dormir. Ahí estaba de nuevo, la ciudad vacía, esta vez era él mismo el que la recorría, caminaba por las calles mientras un viento helado lo acompañaba, no había cigarrillos, ni risas, ni música. Solo una fuente de luz, de color verde que extrañamente lo llamaba. Se las ingenió para encontrar el camino más corto hacía aquel lugar. Llegó con curiosidad y vio un árbol de tamaño considerable, lo rodeó y fue como pasar de un lugar a otro; Un pantano se cernía frente a él, cubriendo todo a su alrededor. Le pareció curioso. Un resplandor verde iluminaba todo, caminó entre la viscosidad propia del pantano, observaba unos fuegos prendiendo en algunos lugares y escuchó el graznar de los cuervos del lugar; Frente a él apareció una casa. Caminó hacia ella, enfrentando el miedo con la curiosidad.Recordó al gato. Llamó a la puerta, nada. Forzó la puerta, la abrió y la primera imagen que vio fue una mesa preparada para cenar, con la comida y el vino servido, para cuatro personas. Miró el suelo y serpientes de múltiples colores decoraban el lugar, reptando de un lugar a otro. Las sillas estaban repletas de gusanos, moviéndose en una fervorosa orgía asexual. Contempló el techo y los vio. Sus padres y su hermana estaban ahorcados desde la viga más alta, sobre la lámpara de lagrimas. Sus cuerpos desnudos, estaban blancos, seguramente por la pérdida de sangre. Sus ojos, hinchados, casi se salían de su lugar. Tenían un dibujo en el pecho y el abdomen abierto en vertical, derramando sus entrañas sobre el lugar. Las serpientes se alimentaban de ellas. Una lágrima resbaló por su mejilla. Se sentó a la mesa y comió. El vino era agradable, de los mejores que había probado hasta ese entonces.  Levantó la copa para observar el color, era rojo carmesí, muy similar a la sangre. Bebió nuevamente. Contempló por última vez a sus padres y a su querida hermana y salió del lugar. Quiso salir de aquel pantano. Cerró los ojos. Oscuridad. Caía. Despertó. Esta vez sin sobresaltos. No recordaba nada; Se molestó con su subconsciente por no permitirle recordar. Eran las 6:54, hora prudente para levantarse y no andar corriendo a última hora. Se duchó, y mientras se vestía pensó en llamar a casa de sus padres. Cogió el teléfono, marcó el número que sabía de memoria, y esperó. Nada. Marcaba pero nadie contestaba. Pensó si sus padres habían salido a algún lugar, pero no recordaba ningún aviso de ese tipo. Volvió a llamar. Nada. Desistió. Seguramente estarían ocupados. Desayunó y al salir vio una nota de su hermana. "Salí, vuelvo mañana. Te dejé cigarrillos en la mesa. Te Quiero". Sonrió y se fue a la oficina.


sábado, 24 de agosto de 2013

II

   La máquina tenía esencia de incasable ermitaño atemporal. Subí los peldaños desgastados por la gran cantidad de personas que ya habían hecho uso de ellos y contemplé al chofer; Un hombre de edad incalculable, su rostro era como el universo, cada arruga representaba una constelación perdida en recónditos lugares del cosmos donde el humano todavía no lo sabe y puede que nunca llegue a saber. Los ojos, de un color gris, miraban apaciblemente mi rostro de viajero cansado. Era como estar contemplando al faraón Narmer mirándote directamente hacia los ojos. Esbozaba una sonrisa sincera, dando a conocer unas piezas dentales que parecieran nunca haber sido ocupadas para masticar comida alguna; Sin embargo de sus labios colgaba un cigarrillo del cual salía un humo denso que adornaba su lugar en aquella singular máquina. Con sus manos rodeaba el manubrio, esperando que yo me decidiera a seguir adelante, para poder volver a retomar su trayecto. Seguí observando al chofer por algún tiempo más, sin saber de dónde podría haber salió aquel hombre, si es que la palabra permitía llamarlo así. Al cabo de unos segundo más, desvié la mirada hacia el interior del bus; Los asientos se veían cómodos, en realidad cualquier asiento en esas circunstancias se verían cómodos para un viajero que había caminado incansablemente por lugares extraños. Me encaminé por el pasillo mientras escuchaba al chofer pasar cambios para volver a echar andar aquella máquina. Nadie me cobró nada por usar el servicio. Me extrañé, aunque luego pensé que sería mejor así, ya que no andaba con mucho dinero para permitirme cancelar un viaje, ni siquiera me quedaban cigarrillos para ofrecerle al chofer, aunque dudé que fumara marcas similares a las mías.

   Una vez en el pasillo, contemplé más abiertamente la totalidad de asientos disponibles, no eran más de veinte, a pesar que desde fuera se podría pensar que fueran sobre los treinta. Eran de cuero, color café, desgastados por el tiempo, el polvo y los cuerpos que habían hecho uso de ellos. Me paré un rato en el pasillo, con el fin de poder observar a los ocupantes de los asientos, el bus iba a menos de su mitad de capacidad, solo siete ocupantes, cada uno abstraido en sus propios pensamientos, cada uno sentado sin compañero al lado, mirando unos hacia la derecha y otros hacia la izquierda, cada uno en su ventana. Nadie debe conocerse, pensé inmediatamente. Yo tampoco tenía ganas de entablar conversación con alguien desconocido, menos en aquellos parajes que solo llamaban a la introspección. Cuando me decidí a sentarme, busqué un asiento que no estuviera ni muy delante, ni muy atrás. Al final me decidí por el número nueve, ventana, mirando hacia la derecha. El día transcurría afuera, con una pasividad propia de un lugar sin prisa. Ahora, con la máquina en movimiento, entraba una brisa cálida por la escotilla del bus, lo cual fue agradable para apaciguar un poco el calor de la tarde. El bus se habría camino por lugares que un bus normal dudo mucho pudiera hacerlo, buscando siempre la manera de avanzar sin detenerse. A ratos buscaba en las proximidades del horizonte algún alma similar a la mía, que esperara la llegada inusual de una máquina de transporte por esos parajes, pero nada. Al parecer el único pasajero de aquellas tierras era yo. Me acomodé un poco mejor en el asiento, me crucé de brazos y apoyé mi cabeza en la ventana. A pesar de los leves movimientos propios del bus, logré conciliar el sueño. 

   Soñé con ciudades desconocidas, altos edificios que crecían hacia el infinito, y gente que caminaba mirando el suelo, como si buscaran algo que hubieran perdido; Me encontraba con amigos en el sueño, pero nadie me reconocía. No pude entablar conversación con nadie, ni siquiera saludarlos. Al final me di por vencido y desperté. Afuera había oscuridad. Solo oscuridad. El bus tenía encendida unas tenues luces al interior que servían como guía por si alguien quería cambiarse de lugar. Pensé en levantarme y saludar a alguien. Tenía la necesidad de hablar, aunque los demás viajeros no parecían estar dispuestos a entablar conversación. Me paré, desentumecí mis piernas, y fui donde el chofer. Seguía fumando, al parecer su cigarrillo era eterno, al igual que los lugares por los cuales había caminado antes. Me miró y sonrió. De fondo sonaba alguna pieza clásica que no pude reconocer.

- ¿Muy complicado el camino?

- Para nada, todavía no hemos recorrido nada.

-¿Hacía donde se dirige?

- Hacía donde ustedes quieran o deban, según sea el caso. Eso es un trayecto que en ocasiones demora eternidades. Pero siempre, en la mayoría de los casos alcanzan a llegar en el momento preciso. Algunos no lo logran y vuelven a esperar. Siempre hay un momento para todos en la vida.

-¿Hace cuánto vienen los demás pasajeros?

- Desde nunca y desde siempre, como todos, solo transitan de un lugar a otros. Errantes sin destino momentáneo. El tiempo les sirve para pensar y recapacitar, aunque algunos aprovechan de crear. El ocio, contemplado desde la eternidad, produce grandes obras.

- ¿Tiene un cigarrillo que me dé?
Sus respuestas me habían dejado pensativo, necesitaba humo dentro de mi cuerpo para poder meditar sobre ellas. El chofer, que cada vez me parecía más anciano, cogió del bolsillo de su camisa una cigarrera antigua, la abrió y me dio un cigarrillo, recomendándome que lo aproveche porque después de eso no habría más.

- Solo es uno por pasajero, después de eso, usted verá cómo se las arregla para conseguir algo para fumar. Si no le importa, abra un poco su ventana, al señor del fondo le molesta un poco el humo. Si quiere puede ir a conversar con él, fue poeta un tiempo, aunque fracasó como la mayoría, tuvo buenas ideas, o eso le parecieron a él. Se apellida Wieber.

Con el cigarrillo bien asegurado entre mis dedos, volví a mi asiento; Mientras camina hacia él, observé por segunda (o tercera) vez, a los pasajeros que iban apareciendo en el trayecto. Uno dormitaba, parecía estar soñando algo malo, fruncía un poco el entrecejo. Otro leía, leía mucho. Llevaba una mochila junto a él, en el asiento que daba al pasillo. No alcancé a leer los títulos de los libros, se veían antiguos, de tapas de cuero y sin mucho que leerles salvo el autor. No me miró, iba absorto en sus letras propias. Otro barajaba un mazo de cartas, jugaba con ellas, barajándolas de distintas maneras, pasándolas de una mano a otra en el aire. Me asombró y lo contemplé unos segundos más que al resto. Al levantar sus ojos hacía donde me encontraba, fue como si lograra traspasar con su vista a través de mi cuerpo. No pestañeó, ni siquiera saludó o levantó una ceja en señal de desaprobación, solo observó hasta darse cuenta de que podría haber algo pero en realidad era nada. Esbozó una sonrisa débil y volvió a barajar las cartas. Después de esa pequeña impresión, caminé directo hacia mi asiento, busqué entre mi chaqueta el encendedor que siempre me acompañaba cuando salía de viaje, antes de encenderlo abrí un poco la ventana que daba en mi lugar, relajé mi cuerpo, me acomodé lo más que pude para disfrutar realmente el que sería, con toda seguridad el último cigarrillo de aquí a mucho tiempo, y lo encendí.