La máquina tenía esencia de
incasable ermitaño atemporal. Subí los peldaños desgastados por la gran
cantidad de personas que ya habían hecho uso de ellos y contemplé al chofer; Un hombre de edad incalculable, su rostro era como el universo, cada arruga
representaba una constelación perdida en recónditos lugares del cosmos donde
el humano todavía no lo sabe y puede que nunca llegue a saber. Los ojos, de un
color gris, miraban apaciblemente mi rostro de viajero cansado. Era como estar
contemplando al faraón Narmer mirándote
directamente hacia los ojos. Esbozaba una sonrisa sincera, dando a conocer unas
piezas dentales que parecieran nunca haber sido ocupadas para masticar comida
alguna; Sin embargo de sus labios colgaba un cigarrillo del cual salía un humo
denso que adornaba su lugar en aquella singular máquina. Con sus manos rodeaba
el manubrio, esperando que yo me decidiera a seguir adelante, para poder volver a retomar
su trayecto. Seguí observando al chofer por algún tiempo más, sin saber de
dónde podría haber salió aquel hombre, si es que la palabra permitía llamarlo
así. Al cabo de unos segundo más, desvié la mirada hacia el interior del bus;
Los asientos se veían cómodos, en realidad cualquier asiento en esas
circunstancias se verían cómodos para un viajero que había caminado incansablemente
por lugares extraños. Me encaminé por el pasillo mientras escuchaba al chofer
pasar cambios para volver a echar andar aquella máquina. Nadie me cobró nada
por usar el servicio. Me extrañé, aunque luego pensé que sería mejor así, ya
que no andaba con mucho dinero para permitirme cancelar un viaje, ni siquiera
me quedaban cigarrillos para ofrecerle al chofer, aunque dudé que fumara marcas
similares a las mías.
Una vez en el pasillo,
contemplé más abiertamente la totalidad de asientos disponibles, no eran más de
veinte, a pesar que desde fuera se podría pensar que fueran sobre los treinta.
Eran de cuero, color café, desgastados por el tiempo, el polvo y los cuerpos
que habían hecho uso de ellos. Me paré un rato en el pasillo, con el fin de
poder observar a los ocupantes de los asientos, el bus iba a menos de su mitad
de capacidad, solo siete ocupantes, cada uno abstraido en sus propios
pensamientos, cada uno sentado sin compañero al lado, mirando unos hacia la
derecha y otros hacia la izquierda, cada uno en su ventana. Nadie debe conocerse,
pensé inmediatamente. Yo tampoco tenía ganas de entablar conversación con
alguien desconocido, menos en aquellos parajes que solo llamaban a la introspección.
Cuando me decidí a sentarme, busqué un asiento que no estuviera ni muy delante,
ni muy atrás. Al final me decidí por el número nueve, ventana, mirando hacia la
derecha. El día transcurría afuera, con una pasividad propia de un lugar sin
prisa. Ahora, con la máquina en movimiento, entraba una brisa cálida por la
escotilla del bus, lo cual fue agradable para apaciguar un poco el calor de la
tarde. El bus se habría camino por lugares que un bus normal dudo mucho pudiera
hacerlo, buscando siempre la manera de avanzar sin detenerse. A ratos buscaba
en las proximidades del horizonte algún alma similar a la mía, que esperara la
llegada inusual de una máquina de transporte por esos parajes, pero nada. Al
parecer el único pasajero de aquellas tierras era yo. Me acomodé un poco mejor
en el asiento, me crucé de brazos y apoyé mi cabeza en la ventana. A pesar de
los leves movimientos propios del bus, logré conciliar el sueño.
Soñé con ciudades
desconocidas, altos edificios que crecían hacia el infinito, y gente que
caminaba mirando el suelo, como si buscaran algo que hubieran perdido; Me
encontraba con amigos en el sueño, pero nadie me reconocía. No pude entablar
conversación con nadie, ni siquiera saludarlos. Al final me di por vencido y
desperté. Afuera había oscuridad. Solo oscuridad. El bus tenía encendida unas
tenues luces al interior que servían como guía por si alguien quería cambiarse
de lugar. Pensé en levantarme y saludar a alguien. Tenía la necesidad de
hablar, aunque los demás viajeros no parecían estar dispuestos a entablar
conversación. Me paré, desentumecí mis piernas, y fui donde el chofer. Seguía
fumando, al parecer su cigarrillo era eterno, al igual que los lugares por los
cuales había caminado antes. Me miró y sonrió. De fondo sonaba alguna pieza
clásica que no pude reconocer.
- ¿Muy complicado el camino?
- Para nada, todavía no
hemos recorrido nada.
-¿Hacía donde se dirige?
- Hacía donde ustedes
quieran o deban, según sea el caso. Eso es un trayecto que en ocasiones demora
eternidades. Pero siempre, en la mayoría de los casos alcanzan a llegar en el momento
preciso. Algunos no lo logran y vuelven a esperar. Siempre hay un momento para
todos en la vida.
-¿Hace cuánto vienen los
demás pasajeros?
- Desde nunca y desde
siempre, como todos, solo transitan de un lugar a otros. Errantes sin destino
momentáneo. El tiempo les sirve para pensar y recapacitar, aunque algunos
aprovechan de crear. El ocio, contemplado desde la eternidad, produce grandes
obras.
- ¿Tiene un cigarrillo que
me dé?
Sus respuestas me habían
dejado pensativo, necesitaba humo dentro de mi cuerpo para poder meditar sobre ellas.
El chofer, que cada vez me parecía más anciano, cogió del bolsillo de su camisa
una cigarrera antigua, la abrió y me dio un cigarrillo, recomendándome que lo
aproveche porque después de eso no habría más.
- Solo es uno por pasajero,
después de eso, usted verá cómo se las arregla para conseguir algo para fumar.
Si no le importa, abra un poco su ventana, al señor del fondo le molesta un
poco el humo. Si quiere puede ir a conversar con él, fue poeta un tiempo,
aunque fracasó como la mayoría, tuvo buenas ideas, o eso le parecieron a él. Se
apellida Wieber.
Con el cigarrillo bien
asegurado entre mis dedos, volví a mi asiento; Mientras camina
hacia él, observé por segunda (o tercera) vez, a los pasajeros que iban
apareciendo en el trayecto. Uno dormitaba, parecía estar soñando algo malo,
fruncía un poco el entrecejo. Otro leía, leía mucho. Llevaba una mochila junto
a él, en el asiento que daba al pasillo. No alcancé a leer los títulos de los
libros, se veían antiguos, de tapas de cuero y sin mucho que leerles salvo el
autor. No me miró, iba absorto en sus letras propias. Otro barajaba un mazo de
cartas, jugaba con ellas, barajándolas de distintas maneras, pasándolas de una
mano a otra en el aire. Me asombró y lo contemplé unos segundos más que al
resto. Al levantar sus ojos hacía donde me encontraba, fue como si lograra
traspasar con su vista a través de mi cuerpo. No pestañeó, ni siquiera saludó o
levantó una ceja en señal de desaprobación, solo observó hasta darse cuenta de
que podría haber algo pero en realidad era nada. Esbozó una sonrisa débil y volvió
a barajar las cartas. Después de esa pequeña impresión, caminé directo hacia mi
asiento, busqué entre mi chaqueta el encendedor que siempre me acompañaba
cuando salía de viaje, antes de encenderlo abrí un poco la ventana que daba en
mi lugar, relajé mi cuerpo, me acomodé lo más que pude para disfrutar realmente
el que sería, con toda seguridad el último cigarrillo de aquí a mucho tiempo, y
lo encendí.