viernes, 4 de octubre de 2013

Ocaso (visión directa) Falta final

               Las últimas luces del atardecer se llevaban consigo la miseria del día que había vivido, otra vez, de forma rutinaria; Otra vez con ese dejo de quedarle debiendo a la vida algo más, alguna emoción, alguna aventura, por pequeña que sea, que merezca verdaderamente la oportunidad de vivir. Sentado en el bus, en el asiento que daba hacia la ventana, contemplaba como el atardecer daba paso a la oscuridad de la noche, dando el toque melancólico de otro día más perdido. Cansado, intentaba acomodarse lo mejor que pudiera en aquel asiento con forro de cuerina y base metálica  que día tras día lo trasladaba a casa, como si fuera la silla de ruedas que lo lleva desde la sala de operaciones hasta la sala de reposo. Cansado. Las ganas de vivir quedaban allá, lejos del hogar. Solo quería llegar a casa, calentar alguna comida que hubiera quedado en el refrigerador de días anteriores, destapar una lata de cerveza y acompañarse frente al televisor con los ruidos enigmáticos, risas y aplausos que vociferaban programas sin sentido para gente como él. Así olvidaba por un rato la miseria del día vivido, ensimismado por el rayo catódico que reventaba electrones en formas de colores en el vidrio del televisor. Meditación hipnótica en base a estímulos preestablecidos.
                
               Alguna vez tuvo algo que se podría haber llamado familia. Estuvo junto a una mujer, la cual tenía una hija. Convivieron más de cuatro años pero al final la relación se volvió tediosa, la mujer comenzó a frecuentar a alguno de sus ex parejas, descuidaba a su hija, en ocasiones salía sin avisar y no volvía hasta el día siguiente y eso fue acabando con la paciencia de J. Al final, después de unas escenas de violencia psicológica, optó por dejar de vivir con ella, abandonando el lugar donde arrendaban y dejándole de regalo la última paga del arriendo. Nunca más la buscó, en definitiva estaba loca, aunque la quería. Desde aquella temporada dejó de buscar pareja, necesitaba volver a la soledad aunque ésta fuera una compañía ponzoñosa y corrosiva.

               
               La soledad diaria lo convidaba a pensar, reflexionar sobre su vida, las vidas de los demás, en general sobre el vivir. Terminó trabajando de ayudante de un contador, organizando facturas, libros de compra y venta, boletas, honorarios. Nada muy prometedor. La paga era buena y le alcanzaba para pagar un cuarto donde ir muriendo con tranquilidad y comprar cervezas para acompañar la fúnebre marcha diaria. La organización de los números le quitaba gran parte de su energía, mentalizado en cuadrar bien todo el trabajo para recibir alguna bonificación a fin de mes y permitirse algún lujo de vez en cuando. Llegó al punto en que se encontraba más tranquilo entre cosas inertes que al lado de personas, personas llenas de problemas y vidas miserables. Pocos lograban salir de aquél círculo trazado perfectamente desde el nacimiento de cada uno. El destino era aquel. La vida de sufrimiento y muchas veces casi nadie se daba cuenta. La soledad le permitía reflexionar eso, darse cuenta, asumirlo y seguir igual. No tenía la valentía necesaria para salir de un plan tan bien prefigurado. La soledad y las ventanillas de los buses eran sus mejores compañeros. Luego la cerveza y la televisión. 

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