sábado, 24 de agosto de 2013

II

   La máquina tenía esencia de incasable ermitaño atemporal. Subí los peldaños desgastados por la gran cantidad de personas que ya habían hecho uso de ellos y contemplé al chofer; Un hombre de edad incalculable, su rostro era como el universo, cada arruga representaba una constelación perdida en recónditos lugares del cosmos donde el humano todavía no lo sabe y puede que nunca llegue a saber. Los ojos, de un color gris, miraban apaciblemente mi rostro de viajero cansado. Era como estar contemplando al faraón Narmer mirándote directamente hacia los ojos. Esbozaba una sonrisa sincera, dando a conocer unas piezas dentales que parecieran nunca haber sido ocupadas para masticar comida alguna; Sin embargo de sus labios colgaba un cigarrillo del cual salía un humo denso que adornaba su lugar en aquella singular máquina. Con sus manos rodeaba el manubrio, esperando que yo me decidiera a seguir adelante, para poder volver a retomar su trayecto. Seguí observando al chofer por algún tiempo más, sin saber de dónde podría haber salió aquel hombre, si es que la palabra permitía llamarlo así. Al cabo de unos segundo más, desvié la mirada hacia el interior del bus; Los asientos se veían cómodos, en realidad cualquier asiento en esas circunstancias se verían cómodos para un viajero que había caminado incansablemente por lugares extraños. Me encaminé por el pasillo mientras escuchaba al chofer pasar cambios para volver a echar andar aquella máquina. Nadie me cobró nada por usar el servicio. Me extrañé, aunque luego pensé que sería mejor así, ya que no andaba con mucho dinero para permitirme cancelar un viaje, ni siquiera me quedaban cigarrillos para ofrecerle al chofer, aunque dudé que fumara marcas similares a las mías.

   Una vez en el pasillo, contemplé más abiertamente la totalidad de asientos disponibles, no eran más de veinte, a pesar que desde fuera se podría pensar que fueran sobre los treinta. Eran de cuero, color café, desgastados por el tiempo, el polvo y los cuerpos que habían hecho uso de ellos. Me paré un rato en el pasillo, con el fin de poder observar a los ocupantes de los asientos, el bus iba a menos de su mitad de capacidad, solo siete ocupantes, cada uno abstraido en sus propios pensamientos, cada uno sentado sin compañero al lado, mirando unos hacia la derecha y otros hacia la izquierda, cada uno en su ventana. Nadie debe conocerse, pensé inmediatamente. Yo tampoco tenía ganas de entablar conversación con alguien desconocido, menos en aquellos parajes que solo llamaban a la introspección. Cuando me decidí a sentarme, busqué un asiento que no estuviera ni muy delante, ni muy atrás. Al final me decidí por el número nueve, ventana, mirando hacia la derecha. El día transcurría afuera, con una pasividad propia de un lugar sin prisa. Ahora, con la máquina en movimiento, entraba una brisa cálida por la escotilla del bus, lo cual fue agradable para apaciguar un poco el calor de la tarde. El bus se habría camino por lugares que un bus normal dudo mucho pudiera hacerlo, buscando siempre la manera de avanzar sin detenerse. A ratos buscaba en las proximidades del horizonte algún alma similar a la mía, que esperara la llegada inusual de una máquina de transporte por esos parajes, pero nada. Al parecer el único pasajero de aquellas tierras era yo. Me acomodé un poco mejor en el asiento, me crucé de brazos y apoyé mi cabeza en la ventana. A pesar de los leves movimientos propios del bus, logré conciliar el sueño. 

   Soñé con ciudades desconocidas, altos edificios que crecían hacia el infinito, y gente que caminaba mirando el suelo, como si buscaran algo que hubieran perdido; Me encontraba con amigos en el sueño, pero nadie me reconocía. No pude entablar conversación con nadie, ni siquiera saludarlos. Al final me di por vencido y desperté. Afuera había oscuridad. Solo oscuridad. El bus tenía encendida unas tenues luces al interior que servían como guía por si alguien quería cambiarse de lugar. Pensé en levantarme y saludar a alguien. Tenía la necesidad de hablar, aunque los demás viajeros no parecían estar dispuestos a entablar conversación. Me paré, desentumecí mis piernas, y fui donde el chofer. Seguía fumando, al parecer su cigarrillo era eterno, al igual que los lugares por los cuales había caminado antes. Me miró y sonrió. De fondo sonaba alguna pieza clásica que no pude reconocer.

- ¿Muy complicado el camino?

- Para nada, todavía no hemos recorrido nada.

-¿Hacía donde se dirige?

- Hacía donde ustedes quieran o deban, según sea el caso. Eso es un trayecto que en ocasiones demora eternidades. Pero siempre, en la mayoría de los casos alcanzan a llegar en el momento preciso. Algunos no lo logran y vuelven a esperar. Siempre hay un momento para todos en la vida.

-¿Hace cuánto vienen los demás pasajeros?

- Desde nunca y desde siempre, como todos, solo transitan de un lugar a otros. Errantes sin destino momentáneo. El tiempo les sirve para pensar y recapacitar, aunque algunos aprovechan de crear. El ocio, contemplado desde la eternidad, produce grandes obras.

- ¿Tiene un cigarrillo que me dé?
Sus respuestas me habían dejado pensativo, necesitaba humo dentro de mi cuerpo para poder meditar sobre ellas. El chofer, que cada vez me parecía más anciano, cogió del bolsillo de su camisa una cigarrera antigua, la abrió y me dio un cigarrillo, recomendándome que lo aproveche porque después de eso no habría más.

- Solo es uno por pasajero, después de eso, usted verá cómo se las arregla para conseguir algo para fumar. Si no le importa, abra un poco su ventana, al señor del fondo le molesta un poco el humo. Si quiere puede ir a conversar con él, fue poeta un tiempo, aunque fracasó como la mayoría, tuvo buenas ideas, o eso le parecieron a él. Se apellida Wieber.

Con el cigarrillo bien asegurado entre mis dedos, volví a mi asiento; Mientras camina hacia él, observé por segunda (o tercera) vez, a los pasajeros que iban apareciendo en el trayecto. Uno dormitaba, parecía estar soñando algo malo, fruncía un poco el entrecejo. Otro leía, leía mucho. Llevaba una mochila junto a él, en el asiento que daba al pasillo. No alcancé a leer los títulos de los libros, se veían antiguos, de tapas de cuero y sin mucho que leerles salvo el autor. No me miró, iba absorto en sus letras propias. Otro barajaba un mazo de cartas, jugaba con ellas, barajándolas de distintas maneras, pasándolas de una mano a otra en el aire. Me asombró y lo contemplé unos segundos más que al resto. Al levantar sus ojos hacía donde me encontraba, fue como si lograra traspasar con su vista a través de mi cuerpo. No pestañeó, ni siquiera saludó o levantó una ceja en señal de desaprobación, solo observó hasta darse cuenta de que podría haber algo pero en realidad era nada. Esbozó una sonrisa débil y volvió a barajar las cartas. Después de esa pequeña impresión, caminé directo hacia mi asiento, busqué entre mi chaqueta el encendedor que siempre me acompañaba cuando salía de viaje, antes de encenderlo abrí un poco la ventana que daba en mi lugar, relajé mi cuerpo, me acomodé lo más que pude para disfrutar realmente el que sería, con toda seguridad el último cigarrillo de aquí a mucho tiempo, y lo encendí.

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