domingo, 25 de agosto de 2013

Premonición

Soñaba con sexo, eso fue lo primero, aunque después todo se distorsionó, el sueño pasó de un agradable ambiente erótico con la mujer que deseaba a una oscuridad absoluta, en cosa de segundos, en donde su visión daba vueltas rápidamente, sin ángulos de mira fija, como si el camarógrafo se hubiera vuelto loco, o producto de una larga noche de alcohol, no pudiera enfocar bien; en medio de una lúgubre ciudad, solo iluminada por unas tenues luces rojas dándole un  aspecto de ciudad cabaret. No había gente, la cámara seguía dando vuelta en círculos, asimilando el vuelo de algún pájaro, aunque a él no le gustaba mucho esa comparación; odiaba las plumas. Se extrañó (en el sueño) de que no hubiera gente en aquella ciudad tan grande, pensó que algo extraño debía haber ocurrido, pensó en las plagas del antiguo Egipto, pensó en volver a casa para marcar la puerta con sangre y evitar cualquier posible acción de la plaga de sus sueños, nada de lo que pensaba lo llevó a la práctica, finalmente siguió dando vueltas por ahí, cada vez mas mareado y extrañado de la soledad; Edificios en sombras, música que llegaba de ningún lado, risas que salían de bocas inexistentes, pero nadie, absolutamente nadie en la ciudad. Lo aburrió, se quiso retirar de aquel extraño sueño, regresar a la cama con sábanas de satín y esa hermosa mujer que sabía como satisfacerlo, pero no podía.Oscuridad, un vacío. Ahora caía rápidamente. Veía pasar los muros del abismo a su lado, eran una masa oscura, la velocidad era impresionante. De pronto sintió que el final del abismo se encontraba cerca, caía de espaldas pero lo intuyó. El sonido del viento cambiaba. Giró su cabeza, asustado, y vio el suelo acercarse a una velocidad espantosa. Sintió miedo, lloró. Antes de estrellar su cuerpo contra el asfalto y reventar su cabeza ensuciando toda la acera con sangre y pensamientos, despertó. Se levantó de golpe, sudando y con su cuerpo agitado. Tembló. Miró el reloj de su velador, las 5:43 de la mañana. Todavía quedaban algunas horas más para comenzar un nuevo día. Se levantó, bajó a la cocina, buscó un vaso y se apresuró a llenarlo con agua fresca. Estaba fría, las heladas de la mañana congelaban las cañerías. Al beberla sintió como el frío del exterior se fundía con él. Su cuerpo tembló, pero se sintió bien. Intentó recordar algo de los sueños que tuvo.Nada. Solo la caída. Siempre despertaba con aquella caída. El sueño aquel lo sentían todos, no era algo nuevo  para él. El subconsciente lo hacía para evitar seguir soñando o porque algo pasaba en el exterior. Lo raro era que nunca podía recordar los sueños anteriores a eso. Buscó en el comedor la cajetilla de cigarrillos de su hermana, le sacó uno y fumó. Intentó pensar en otra cosa, pero lo mejor fue dejar de pensar. Sentir el humo recorrer sus pulmones lo relajaba. Terminó de fumar y se fue a la cama. Se metió a ella cuidando buscar el lado que no estuviera helado por el sudor, se cubrió lo mejor que pudo y volvió a dormir. Ahí estaba de nuevo, la ciudad vacía, esta vez era él mismo el que la recorría, caminaba por las calles mientras un viento helado lo acompañaba, no había cigarrillos, ni risas, ni música. Solo una fuente de luz, de color verde que extrañamente lo llamaba. Se las ingenió para encontrar el camino más corto hacía aquel lugar. Llegó con curiosidad y vio un árbol de tamaño considerable, lo rodeó y fue como pasar de un lugar a otro; Un pantano se cernía frente a él, cubriendo todo a su alrededor. Le pareció curioso. Un resplandor verde iluminaba todo, caminó entre la viscosidad propia del pantano, observaba unos fuegos prendiendo en algunos lugares y escuchó el graznar de los cuervos del lugar; Frente a él apareció una casa. Caminó hacia ella, enfrentando el miedo con la curiosidad.Recordó al gato. Llamó a la puerta, nada. Forzó la puerta, la abrió y la primera imagen que vio fue una mesa preparada para cenar, con la comida y el vino servido, para cuatro personas. Miró el suelo y serpientes de múltiples colores decoraban el lugar, reptando de un lugar a otro. Las sillas estaban repletas de gusanos, moviéndose en una fervorosa orgía asexual. Contempló el techo y los vio. Sus padres y su hermana estaban ahorcados desde la viga más alta, sobre la lámpara de lagrimas. Sus cuerpos desnudos, estaban blancos, seguramente por la pérdida de sangre. Sus ojos, hinchados, casi se salían de su lugar. Tenían un dibujo en el pecho y el abdomen abierto en vertical, derramando sus entrañas sobre el lugar. Las serpientes se alimentaban de ellas. Una lágrima resbaló por su mejilla. Se sentó a la mesa y comió. El vino era agradable, de los mejores que había probado hasta ese entonces.  Levantó la copa para observar el color, era rojo carmesí, muy similar a la sangre. Bebió nuevamente. Contempló por última vez a sus padres y a su querida hermana y salió del lugar. Quiso salir de aquel pantano. Cerró los ojos. Oscuridad. Caía. Despertó. Esta vez sin sobresaltos. No recordaba nada; Se molestó con su subconsciente por no permitirle recordar. Eran las 6:54, hora prudente para levantarse y no andar corriendo a última hora. Se duchó, y mientras se vestía pensó en llamar a casa de sus padres. Cogió el teléfono, marcó el número que sabía de memoria, y esperó. Nada. Marcaba pero nadie contestaba. Pensó si sus padres habían salido a algún lugar, pero no recordaba ningún aviso de ese tipo. Volvió a llamar. Nada. Desistió. Seguramente estarían ocupados. Desayunó y al salir vio una nota de su hermana. "Salí, vuelvo mañana. Te dejé cigarrillos en la mesa. Te Quiero". Sonrió y se fue a la oficina.


sábado, 24 de agosto de 2013

II

   La máquina tenía esencia de incasable ermitaño atemporal. Subí los peldaños desgastados por la gran cantidad de personas que ya habían hecho uso de ellos y contemplé al chofer; Un hombre de edad incalculable, su rostro era como el universo, cada arruga representaba una constelación perdida en recónditos lugares del cosmos donde el humano todavía no lo sabe y puede que nunca llegue a saber. Los ojos, de un color gris, miraban apaciblemente mi rostro de viajero cansado. Era como estar contemplando al faraón Narmer mirándote directamente hacia los ojos. Esbozaba una sonrisa sincera, dando a conocer unas piezas dentales que parecieran nunca haber sido ocupadas para masticar comida alguna; Sin embargo de sus labios colgaba un cigarrillo del cual salía un humo denso que adornaba su lugar en aquella singular máquina. Con sus manos rodeaba el manubrio, esperando que yo me decidiera a seguir adelante, para poder volver a retomar su trayecto. Seguí observando al chofer por algún tiempo más, sin saber de dónde podría haber salió aquel hombre, si es que la palabra permitía llamarlo así. Al cabo de unos segundo más, desvié la mirada hacia el interior del bus; Los asientos se veían cómodos, en realidad cualquier asiento en esas circunstancias se verían cómodos para un viajero que había caminado incansablemente por lugares extraños. Me encaminé por el pasillo mientras escuchaba al chofer pasar cambios para volver a echar andar aquella máquina. Nadie me cobró nada por usar el servicio. Me extrañé, aunque luego pensé que sería mejor así, ya que no andaba con mucho dinero para permitirme cancelar un viaje, ni siquiera me quedaban cigarrillos para ofrecerle al chofer, aunque dudé que fumara marcas similares a las mías.

   Una vez en el pasillo, contemplé más abiertamente la totalidad de asientos disponibles, no eran más de veinte, a pesar que desde fuera se podría pensar que fueran sobre los treinta. Eran de cuero, color café, desgastados por el tiempo, el polvo y los cuerpos que habían hecho uso de ellos. Me paré un rato en el pasillo, con el fin de poder observar a los ocupantes de los asientos, el bus iba a menos de su mitad de capacidad, solo siete ocupantes, cada uno abstraido en sus propios pensamientos, cada uno sentado sin compañero al lado, mirando unos hacia la derecha y otros hacia la izquierda, cada uno en su ventana. Nadie debe conocerse, pensé inmediatamente. Yo tampoco tenía ganas de entablar conversación con alguien desconocido, menos en aquellos parajes que solo llamaban a la introspección. Cuando me decidí a sentarme, busqué un asiento que no estuviera ni muy delante, ni muy atrás. Al final me decidí por el número nueve, ventana, mirando hacia la derecha. El día transcurría afuera, con una pasividad propia de un lugar sin prisa. Ahora, con la máquina en movimiento, entraba una brisa cálida por la escotilla del bus, lo cual fue agradable para apaciguar un poco el calor de la tarde. El bus se habría camino por lugares que un bus normal dudo mucho pudiera hacerlo, buscando siempre la manera de avanzar sin detenerse. A ratos buscaba en las proximidades del horizonte algún alma similar a la mía, que esperara la llegada inusual de una máquina de transporte por esos parajes, pero nada. Al parecer el único pasajero de aquellas tierras era yo. Me acomodé un poco mejor en el asiento, me crucé de brazos y apoyé mi cabeza en la ventana. A pesar de los leves movimientos propios del bus, logré conciliar el sueño. 

   Soñé con ciudades desconocidas, altos edificios que crecían hacia el infinito, y gente que caminaba mirando el suelo, como si buscaran algo que hubieran perdido; Me encontraba con amigos en el sueño, pero nadie me reconocía. No pude entablar conversación con nadie, ni siquiera saludarlos. Al final me di por vencido y desperté. Afuera había oscuridad. Solo oscuridad. El bus tenía encendida unas tenues luces al interior que servían como guía por si alguien quería cambiarse de lugar. Pensé en levantarme y saludar a alguien. Tenía la necesidad de hablar, aunque los demás viajeros no parecían estar dispuestos a entablar conversación. Me paré, desentumecí mis piernas, y fui donde el chofer. Seguía fumando, al parecer su cigarrillo era eterno, al igual que los lugares por los cuales había caminado antes. Me miró y sonrió. De fondo sonaba alguna pieza clásica que no pude reconocer.

- ¿Muy complicado el camino?

- Para nada, todavía no hemos recorrido nada.

-¿Hacía donde se dirige?

- Hacía donde ustedes quieran o deban, según sea el caso. Eso es un trayecto que en ocasiones demora eternidades. Pero siempre, en la mayoría de los casos alcanzan a llegar en el momento preciso. Algunos no lo logran y vuelven a esperar. Siempre hay un momento para todos en la vida.

-¿Hace cuánto vienen los demás pasajeros?

- Desde nunca y desde siempre, como todos, solo transitan de un lugar a otros. Errantes sin destino momentáneo. El tiempo les sirve para pensar y recapacitar, aunque algunos aprovechan de crear. El ocio, contemplado desde la eternidad, produce grandes obras.

- ¿Tiene un cigarrillo que me dé?
Sus respuestas me habían dejado pensativo, necesitaba humo dentro de mi cuerpo para poder meditar sobre ellas. El chofer, que cada vez me parecía más anciano, cogió del bolsillo de su camisa una cigarrera antigua, la abrió y me dio un cigarrillo, recomendándome que lo aproveche porque después de eso no habría más.

- Solo es uno por pasajero, después de eso, usted verá cómo se las arregla para conseguir algo para fumar. Si no le importa, abra un poco su ventana, al señor del fondo le molesta un poco el humo. Si quiere puede ir a conversar con él, fue poeta un tiempo, aunque fracasó como la mayoría, tuvo buenas ideas, o eso le parecieron a él. Se apellida Wieber.

Con el cigarrillo bien asegurado entre mis dedos, volví a mi asiento; Mientras camina hacia él, observé por segunda (o tercera) vez, a los pasajeros que iban apareciendo en el trayecto. Uno dormitaba, parecía estar soñando algo malo, fruncía un poco el entrecejo. Otro leía, leía mucho. Llevaba una mochila junto a él, en el asiento que daba al pasillo. No alcancé a leer los títulos de los libros, se veían antiguos, de tapas de cuero y sin mucho que leerles salvo el autor. No me miró, iba absorto en sus letras propias. Otro barajaba un mazo de cartas, jugaba con ellas, barajándolas de distintas maneras, pasándolas de una mano a otra en el aire. Me asombró y lo contemplé unos segundos más que al resto. Al levantar sus ojos hacía donde me encontraba, fue como si lograra traspasar con su vista a través de mi cuerpo. No pestañeó, ni siquiera saludó o levantó una ceja en señal de desaprobación, solo observó hasta darse cuenta de que podría haber algo pero en realidad era nada. Esbozó una sonrisa débil y volvió a barajar las cartas. Después de esa pequeña impresión, caminé directo hacia mi asiento, busqué entre mi chaqueta el encendedor que siempre me acompañaba cuando salía de viaje, antes de encenderlo abrí un poco la ventana que daba en mi lugar, relajé mi cuerpo, me acomodé lo más que pude para disfrutar realmente el que sería, con toda seguridad el último cigarrillo de aquí a mucho tiempo, y lo encendí.

lunes, 19 de agosto de 2013

Parte I

El frío viento cortaba su rostro. A ambos lados del camino solo veía blanca desolación. Altas cordilleras lo abrazaban entre sus gélidos brazos. El tiempo escapaba de todo orden preestablecido, se encontraba en un valle sin salida, pero algo en su interior le decía que no podía quedarse allí. La noche se aproximaba y con ella, una densa oscuridad, impecable, que cubriría entre sus tinieblas todo camino que podría lograr llegar a trazar. Ningún animal parecía vivir por esos inhóspitos parajes, más en su cabeza oía el llamado de algún pájaro, como invitación o advertencia  a salir de aquel lugar. Revisó sus bolsillos, nada de mucha utilidad, aunque como era su costumbre, en el bolsillo derecho de su chaqueta encontró su cajetilla de Lucky Strike y su encendedor. No vendría mal una calada de suerte. Sacó un cigarrillo, agrupando sus manos alrededor de éste y con ayuda del encendedor, lo prendió; Aspiró suavemente y sintió recorrer el tabaco por su cuerpo. Suficiente para devolver la energía en aquella situación. Comprobó la situación de su ropa. Toda estaba en orden. Solo quedaba una cosa por hacer. Caminar. Recordó las palabras de algún amigo al respecto, "Una caminata de cien kilómetros comienza con un paso", y le pareció curioso lo cierto que era, en esta situación, aquel dicho. Intentó buscar en la bóveda celeste alguna estrella que le diera ayuda para trazar un destino, pero nada. El cielo se había cerrado sobre él y no había esperanzada de que se despejara. Fiel a sus costumbres, sacó una moneda de su pantalón, pensó en algunas posibles direcciones y lanzó la moneda al aire. Ésta giró cortando el viento y llevando consigo el destino de aquel perdido viajero, cayendo con un golpe seco en la palma de su mano izquierda. Sello. El camino de la izquierda. Guardó su moneda, y se aprontó a caminar. El cigarrillo ya se había consumido, quedando su colilla como vestigio de la presencia humana, errabunda por aquellos lugares. Mientras caminaba se dedicaba a contemplar la oscuridad de la noche, cada vez más profunda. No tenía miedo; tenerlo en esas ocasiones solo retardaría más las decisiones importantes. Metió las manos en los bolsillos para evitar que se le congelen, caminaba y tarareaba alguna canción que recordara de sus películas favoritas. La vida es un libreto de cine; imaginaba al director guiando su caminar y una toma de cámara donde él se vaya perdiendo en la lejanía del horizonte, hundiéndose cada vez más en la oscuridad. Metáforas. Mejor el teatro, se pierde en el fondo del escenario y cae el telón. Le agradaba más, sobre todo cuando el telón era de ese rojo tan característico de los teatros parisenses del siglo XIX. La realidad  inmediata era que no había director, camarógrafos, ni telón parisino; Solo él y la irrevocable soledad. El frió se acostumbró a su presencia. Ya no cortaba su carne al acariciarlo, aunque seguía enfriando sus pulmones al caminar, inevitablemente. Cada ciertos metros de avance, prendía un cigarrillo para tener compañía y dialogar con alguien que supiera tanto de él como él mismo. Se acompañaban mutuamente desde hace años, muchas historias habían vivido juntos, aunque concluyeron que ésta era la más rara. Cuando ya había caminado un par de metros más, sintió el sonido del oleaje enfurecido estrellándose sobre las rocas que impedían su paso, vio que el sol salía por el horizonte marino y contempló la bella escena hasta que el sol se dio a conocer por entero. El frío había sido remplazado por la brisa marina, la nieve transmutó en arena y las altas cordilleras dieron paso a bosques interminables. Un poco mejor, aunque ya se había acostumbrado a la nieve y la noche. Se sentó y fumó. Pensó su mujer. Una lágrima resbaló por su mejilla. El ambiente costero siempre traía consigo una cuota de nostalgia. Algún día la volvería a ver. Sonrió, sacó un cigarrillo y fumó. Buscó algún lugar apropiado y descansó por algunos momentos cerrando los ojos.El tiempo se había esfumado de aquel espacio, no tenía noción de cuánto había caminado, ni tampoco de cuanto había descansado. Estiro su cuerpo, despejó su cabeza y continuó el camino. Al poco andar, el sonido del mar cesó violentamente y se vio a si mismo rodeado de arena y todo alrededor desapareció. Un clima más agradable le acompañó desde este momento, aunque la monotonía del nuevo valle al poco rato lo terminó por aburrir. Buscó algunas piedra donde poder sentarse, sacó la cajetilla, quedaba el último cigarrillo. No había más remedio. Sacó el encendedor y fumó, recordando esta vez viejos tiempos junto a las personas que quería. Sonrió. Al botar la colilla, le dijo unas últimas palabras en forma de despedida y continuó el andar.  A los pocos pasos sintió el sonido de un motor, motor antiguo y estropeado por el trabajo y el esfuerzo de surcar por aquellos inhóspitos parajes. Miró hacia atrás y vio lo que sería una micro de una época difícil de calcular. Esperó, le hizo señas y subió.

domingo, 18 de agosto de 2013

Capítulo IIII

        Paseaba todos los días por las mismas calles, siguiendo un orden de fuerza mayor, conciencia lo llaman a veces. Caminaba y observaba atentamente cada detalle de sus calles, los colores de las casas y los negocios, la gente que se encontraba todos los días en el mismo lugar, como si fueran almas encadenadas a una condena sin final. Los observaba y sonreía. Nunca supo ella misma por qué no consideraba otras rutas para caminar. Le gustaban aquellas, la textura del suelo al dar paso tras paso, los olores que perfumaban el ambiente, los colores que reflejaban vívidamente, junto a la ayuda del sol, sus emociones internas; A veces colores cálidos, en ocasiones oscuros. Las vitrinas eran sus paraderos obligados, sobre todo las vitrinas de aquellos locales que vendían cosas que sabía que nunca podría comprar, no por el hecho del costo de las cosas, sino porque sabía que eran artefactos que suplantaban la esencia de las cosas. Ella era así, de cierta manera minimalista; Abstraía los conceptos de cada cosa, no necesariamente quitándole la hermosura de los mismos, ella era hermosa y el conjunto de las cosas que la rodeaban, también lo eran. Aunque no encontraba lógica en comprar un set de lozas de porcelanas de un valor muy elevado siendo que cumplía la misma función que la loza, barata pero sin quitarle lo estéticamente bello. A más caro, más dolor al perder el objeto. En desear está el error, pensaba siempre al mirar aquellas vitrinas mientras le sonreía a toda la gente que la miraba al pasar.

           

    La vida para ella consistía en observar la hermosura de la que le tocó vivir. Creía en el amor, pero no lo buscaba todavía; Sabía que cuando sea el momento correcto, el verdadero amor llegaría a su vida, sin necesidad de buscarlo vertiginosamente por la senda del destino. Por ahora se dedicaba a leer y sonreír. Le encantaba leer, de todo, no hacía distinción, y cuando conversaba con sus amigas, respetaba todas las posturas literarias, nunca tuvo un conflicto por supremacía literaria ni por imponer sus puntos de vista respecto a algún autor. Las letras eran demasiado perfectas para enemistarlas entre ellas. Suficiente con que se peleen los hombres por banalidades obscenas. Le gustaban los patios, mientras más verdes mejor, y las cantidades de flores del mismo determinaba cuando tiempo  merecía  ser observado por sus ojos color turquesa. Sabía de plantas y flores, aunque el descuido siempre había mermado sus cosechas propias,aún así lograba mantener unos cuantos girasoles que la saludaban cada día al salir de su hogar.

    Estudiaba artes, le gustaba la historia y la pintura, aunque sabía que aquella no le generaría dinero para llevar una vida “Correcta y socialmente aceptable” como decía cada vez que podía, su madre. Ella era feliz estudiando algo que la llenaba de alegría. Sus compañeros eran agradables y siempre la saludaban con cariño. Ella a todos respondía con una sonrisa encantadora y citas textuales de algún autor de su agrado. Amaba visitar la biblioteca y recorrer los recónditos pasillos, oscuros y con el inconfundible olor a tiempo; acariciar las tapas de los libros, absorber su aroma a polvo y devorar las letras de los prólogos, caminar a ciegas sin saber en qué pasillo se encuentra y escoger algún libro al azar, abrirlo en alguna página aleatoria y leer el primer párrafo en que se posaran sus ojos, y extraer de aquella suerte de destino literario, algún idea que sea útil para su vivir. Le gustaba esa forma, que los libros la encontraran a ella, y no al revés. En ocasiones anotaba alguna frase, junto al autor de la misma, en su pequeña libreta de anotaciones, por si llegara algún momento en que serviría de utilidad.
            

        
    Entre sus lecturas y la universidad se iba gran parte de sus días. El resto del tiempo  lo ocupaba en caminar por sus calles y contemplar lo que le ofrecían los días. Siempre había pensado en escribir, ya había leído lo suficiente como para poder hilar ideas de un modo similar a sus autores favoritos. Mal que mal siempre es así, uno termina adoptando costumbres de las personas que le agradan. A pesar de todo, un dejo de vergüenza no la dejaba comenzar. Siempre retrasaba su entrada en el mundo de la escritura. Todavía no era el momento, eso lo sabía, pero cuándo llegaría, no lo sabía y tampoco le preocupaba. Pintar la hacía encontrarse con su ser interior, con sus animales totémicos, y mientras contemplaba sus lienzos, la catarsis (algunos le llaman epifanía) se producía en su interior.


            
    Había momentos en que se sentaba en la plaza a ver la gente pasar; Era algo agradable para ella, observar el alocado transitar de las personas y ver sus gestos naturales al caminar, la ropa que usaban, intentar identificar la personalidad de cada uno, solamente a causa de alguna prenda en especial o de algún tic gestual. Un día, encontrándose sentada en su misma banca de siempre, observó un tipo al que nunca había visto por ahí – lo cual de cierta manera, le sorprendía un poco – por el hecho de conocer bastante bien a todos los habitantes de aquella zona que rigurosamente transitaban a la misma hora, siendo fieles a sus amargas rutinas. Aquel joven era diferente; parecía no seguir ningún patrón establecido, de cierta manera, huía del entorno de una forma apenas perceptible. No veía a las personas a la cara, lo cual demostraba que era tímido, o que era  simplemente, asocial. Vestía ropas que seguramente eran compradas en ropa americana, utilitarias y en ningún caso feas, aunque eran pocas las personas que compraban allá –ella era una de esas personas- así que intentó recordar si por casualidad lo había visto en algún local. Nada. Llevaba algo bajo el brazo que supuso debían ser algunos cuaderno, logró verle el color de su pelo, y luego, lo perdió de vista entre la multitud.


            
    
    Aquella visión no la abandonó, y siguió con ella los días posteriores, quebrando de lleno sus rutinas y volcándose completamente en la tarea de encontrar aquel cuerpo, para poder ver su cara y terminar de reconstruir el entramado de ideas que se le habían presentado en su cabeza.


Pantano

Las consecuencias están sobre la mesa,
el destino ya jugó sus cartas, y
el croupier espera paciente, mi respuesta
para volver nuevamente a repartir.

A veces la vida requiere sacrificios,
aunque el sacrificio sea el hundirse en en pantano
y ahogarse dentro con sus aguas putrefactas,
hasta sentir la muerte recorrer apaciblemente
las que antes fueron mis entrañas
y oírla degustar el sabor de mi sangre estancada.

Te daré el honor de brindarte mi ser
corpóreo y etéreo
deléitate con ellos estimada muerte,
pero no serás tú la que me quitará el hecho
de haber disfrutado
mi última jugada en la mesa del destino.

A los míos, lo único que pido
post mortem
es que no se olviden
de la moneda
bajo la lengua;
Caminar cien años por una muestra de cortesía
siempre es algo que prefiero evitar.

Miguel Vidal Ojeda




sábado, 17 de agosto de 2013

Sacro

Mi primera impresión fue la de una mujer atrevida. Su mirada dejaba entrever un pasado cargado de fuertes emociones y que, de cierta forma, no encajaba en aquel lugar. Yo la miré, primero con curiosidad y luego con esa cuota de perversión inherente de cada hombre. La saludé cordialmente y luego, se perdió entra la multitud de escaleras sacras propias del lugar.

Desde el día en que la vi por aquel lugar, comencé a aumentar el número de visitas que realizaba, forzando al destino para que me la entregara nuevamente, de una manera efímera, pero con la cual podría seguir aumentando mis perversiones que de a poco, crecían en mi mente. De cierta manera, quedé ligado a ella; Los días siguieron pasando con su calma característica, hasta que un día, ya pasado bastante tiempo desde nuestro primer contacto visual, la volví a ver por los patios de aquel colegio. Su hábito color café claro no hacía más que resaltar su tez de un color blanco -blanco de pureza- pensé instintivamente, y remarcaba el color pardo de sus ojos. En su mano izquierda, que era la que podía observar, vi que llevaba dos anillos, en el anular y el dedo medio, lo cual según mi parecer, no correspondía a las normas que pretendían implantar a las hermanas de aquel lugar. Me acerqué con calma y nuevamente la saludé, intercambiamos algunas palabras de cortesía, le pregunté su edad - 24 años – y si era de por algún lugar cercano o se había venido desde alguna otra parte del país. Según lo que me dijo, se venía desde el norte, buscando algún rumbo con el cual proseguir su vida. Mientras mantuvimos estas pocas pero agradables palabras, en ningún momento saqué mis ojos de los suyos. Siempre he pensado que, de alguna manera, los ojos son la ventana del alma; Y esta alma, la cual pude observar aquella tarde, algo tenía que me intrigaba y no podía dejar de pensar en qué era lo que llamaba mi atención.

Los días fueron pasando en su eterna sucesión de días sin novedades y con un rigor impecable en su rutina, hasta que en un momento determinado, nuevamente me tocó ir al colegio – colegio de monjas, por si el desocupado lector todavía no se ha dado cuenta – en el cual vivían aproximadamente unas ocho religiosas entre las de rango –Sor-  y las novicias, a suplir el turno de la bibliotecaria de turno, que enfermó y extendió licencia por unos días.

Una vez instalado en mi nuevo lugar de trabajo, comencé a re-ordenar el caos de mi antigua compañera y cuando tuve todo en orden, me di el placer de salir a recorrer el colegio en las horas de recreo, aparentemente para respirar aire puro, pero con el afán siniestro de volverme a encontrar con Beatriz. En uno de los recreos de la tarde, de mi primer día de trabajo, la encontré caminando por el jardín que daba hacia el patio, al lado de los aposentos de las hermanas. La saludé y conversamos sobre algunas trivialidades del día, recurrentes en cualquier conversación cotidiana. Le comenté que estaba haciendo un remplazo a la bibliotecaria, y que estaría por el colegio algunos días más. La invité a conversar en su tiempo libre a la biblioteca, a lo cual accedió con un cierto dejo de placer culpable en su mirada.

Al día siguiente, fue a mi lugar de trabajo. Preparé un café y conversamos sobre la vida. De ella supe que venía desde un lugar lejano, que desde una temprana edad había abandonado el hogar en busca de algún camino que complementara con su vida, que le gustaba probar de todo para que después no le vengan con el cuento y que por una locura de su juventud, quiso probar lo que se sentía servir en el camino hacia Dios. Me pareció un pensamiento razonable, de cierta forma era un alma aventurera y alocada, ahora confirmando mi percepción que tuve de ella el primer día que pude ver su alma a través de sus ojos. Le pregunté si leía algo en especial y la respuesta fue que consumía letras por montones, aunque me sorprendió al decirme que había leído sobre el Marqués de Sade, Apollinaire y von Sacher- Masoch. Quedé expectante y al momento en que iba nombrándome los autores ya mencionados, por mi mente iban pasando las imágenes de cada lectura que había realizado de aquellos próceres de la literatura erótica. Desde aquel momento, supe que Beatriz no estaba en búsqueda del camino hacia Dios, sino que quería experimentar, al igual que toda su vida, algo más placentero que rezar oraciones por las noches y educar bajo ciertos dogmas a jóvenes por los días. Andaba en busca de sexo, sexo -de alguna manera- sacro. Miles de imágenes y posibilidades se cruzaron vertiginosamente por mi mente, ruborizándome el rostro y llevando a causarme una erección que disimulé gracias al escritorio que tenía enfrente de mí. La conversación siguió su curso y el final del recreo llegó acompañado por el ruido de la multitud de niños que entraban corriendo a sus respectivas clases. Nos despedimos, me ofrecí a ayudarle en cualquier cosa que necesitara, y le dije que venga a verme nuevamente cuando quisiera.

Todo pasó un día cuando Beatriz me dijo que la acompañara a rezar a su habitación donde además, aprovecharía de mostrarme algunas fotos de sus viajes que había realizado antes de venir a caer a este colegio como novicia. Me preparé para lo que fuera. Recordaba su miraba cuando me contaba sobre los libros que había leído, con una fogosidad insospechada en una mujer imbuida con los hábitos del señor. Llegué puntual a su pieza, previamente pactada una manera de golpear, para que sepa que era yo el que iba y no alguna Sor que la estuviera llamando para realizar alguna oración en la capilla. Beatriz había dicho que se sentía mal y que por el día estaría guardando reposo en su habitación. Argumentó que le dolía la cabeza y que por favor la dejaran descansar con tranquilidad. Llegado el momento, abrió la puerta, y me hizo pasar. El lugar se veía cómodo, pero simple. Una cama, un velador con una biblia encima, un crucifijo en una pared, una cómoda para dejar la ropa y algunos cuadernos y libros, y una imagen de Jesús impresa en un papel fotográfico en forma de tríptico. Eso componía el ambiente de Beatriz, más un leve olor a su perfume, que inundaba placenteramente la habitación.

 Llegado el momento, me pidió que me arrodillara a los pies de la cama, junto a ella y cerrando los ojos comenzáramos a rezar. Todo fue siguiendo el ritual típico de los rezos, aunque había algunas oraciones que yo no me sabía, así que ella las iba diciendo y yo las repetía. El tiempo iba pasando, y yo, de cierta manera me iba resignando a los designios que tenía en mi cabeza, pero a la vez,estaba contento por la agradable compañía. Seguí rezando y aprendiendo a la vez. Hubo un momento de trance en los cuales ambos rezábamos al mismo tiempo, casi despojándonos de nuestro ser y siendo solamente una sucesión de palabras dichas al unísono. Seguí rezando hasta que sentí una voz en mi oído que susurraba – No te detengas, sigue rezando- y sentí unas manos deslizándose por mi pantalón, hasta llegar a mi verga. De inmediato, volvieron las imágenes del Marqués de Sade, inevitablemente. Pero fui fiel a su mandato y continué rezando, como si en eso se me fuera la vida. Su mano hábilmente me bajo el cierre del pantalón y comenzó a masturbarme lentamente. La situación no dejaba de ser extraña, un hombre rezando y una monja veinteañera masturbándolo en su habitación frente a la imagen de Dios. Siguió acariciando mi verga hasta que estuvo lo bastante dura, y nuevamente me susurró al oído, con una voz dulce como la miel, que me pusiera de pie, sin dejar de rezar y mirando en dirección hacia el crucifijo de la pared. Obedecí en todo lo que me decía, me puse de pie, busqué la pared con el crucifijo y seguí rezando mientras ella, arrodillada frente a mi, se introducía mi pene en su boca y jugueteaba con el, pasándole lentamente la lengua, como si fuera un elemento sagrado, con cuidado, pero siempre manteniendo un ritmo al masturbarme con sus labios. La situación cada vez se ponía más caliente, y me costaba mantener el ritmo de los rezos. Abrí los ojos y contemple la imagen de Jesús crucificado y me imagine qué le hubiera parecido si María Magdalena, en su nicho de muerte, le hubiera regalado una oportunidad de tener sexo antes de irse al valle de la muerte por tres días; Lo imaginé sonriendo y cogiendo en su sepulcro, antes que lo cierren con aquella piedra gigante, feliz por aquella oportunidad. Volviendo a mi realidad, la vi a ella, arrodillada y mirándome a los ojos, chupando mi pene de una manera espectacular, aunque divino sería el adjetivo correcto al caso. Se levantó, me besó, se tiró sobre la cama poniéndose en cuatro y me ordenó que la penetrara, a lo cual accedí gustosamente. Ella siempre tuvo el control de la situación, le gustaba mandar. Eso pensaba mientras la penetraba, dulcemente al principio, luego a petición de ella, cada vez más fuerte, azotando sus nalgas hasta dejarlas rojas, y tirándole el pelo, mientras la tenía en cuatro. Fue inevitable volver a recordar a Apollinaire, es increíble lo fácil que es perderse entre la literatura y la vida. Sus gemidos, primero suaves y luego más fuertes, invitaban a perderse en aquel valle inusitado de placer. Su cuerpo era bello, se movía ágilmente mientras la penetraba, me pedía que le azotara las nalgas mientras me movía frenéticamente, mis manos estaban rojas al igual que aquellas nalgas color blanquecino al inicio del sexo. Su vagina, estrecha, más el roce agresivo de aquella forma de penetrarla, y su hábito de la cabeza que todavía no se sacaba, me calentaban de una manera que no había conocido antes. Al rato siguiente, acabé entre sus nalgas a lo cual ella respondió con una risita placentera, cansado pero todavía con ganas de más. Aquel pequeño paraíso terrenal, debía de ser aprovechado. Me besó largamente y me hizo tenderme en la cama. Nuevamente comenzó con sus bellas manos, las cuales llevaban sus dos anillos característicos, a masturbarme. La sangre nuevamente comenzó a circular por mi verga, empalmándola más rápido de que lo estaba acostumbrado. Comenzó nuevamente a hacerme sexo oral, bendita mujer, sabía lo que hacía, hasta que se montó sobre mí y comenzó a moverse como solo un ángel errando en la tierra sabría hacerlo. El placer que sentimos, fue inmenso, sentir su cuerpo sobre el mío en aquella situación, donde el sexo nunca antes había sido permitido, calentaba más la situación. Veía su cara roja por la pasión, y la veía reír – una hermosa sonrisa culpable- y gemir. La abracé y seguí moviéndome yo, para penetrarla con mayor intensidad, forzando a que sus gemidos y los míos aumentaran su intensidad. Al cabo de un rato, volvimos a acabar, esta vez me fui dentro de su caliente y exquisita vagina. La besé mientras acariciaba su pelo, y le dije que era la monja más espectacular que había conocido. Ella sonrió y dijo que nunca había experimentado el sexo sacro, que le pareció rico –mirándome complacientemente- y que necesitaba una vez más, antes de que me vaya. Me pidió que la apoyara en la pared contigua al crucifijo, y que la penetrara, esta vez por su ano. Con el solo hecho de verla allí, bajo el crucifijo de la pared, con su cuerpo todavía rojo por los golpes de antes, con su mirada que pasaba de lo celestial a lo infernal, fue suficiente para tener una nueva erección, con un poco de su saliva lubricó mi pene y procedió a ponerse a la pared y yo, lentamente, a penetrarla por su ano que esperaba impaciente aquella rica sensación. Esta vez los gemidos sobrepasaron a los anteriores en magnitud, en algún momento pensé en que alguna madre superiora nos escucharía y ahí mismo acabaría todo, pero no fue así, las construcciones son antiguas y las paredes lo bastante anchas para absorber todo aquel ruido producto del placer. Su cuerpo se retorcía producto del sexo, me pedía que la penetrara lento o rápido, dependiendo de su gusto, y yo, fiel vasallo de aquella Reina, obedecía en todo, dándome ciertas licencias, y azotando sus nalgas para que grite más, acariciando sus pechos redondos y tensos debido a la agitación momentánea. En un momento del trance sexual, la imaginé con alas blancas, su cuerpo tenso y con gotas de sudor bajando por efecto de la gravedad, siempre con una sonrisa leve en sus labios, gozando de aquel placer que pocos pueden experimentar, con sus ojos contemplando a Jesús, con ternura, por regalarle aquella escena para que se distraiga un poco de la rutina. Definitivamente era un ángel, o algo similar.

Cuando estaba por acabar, se arrodillo frente a mí, y me dijo que se lo tirara en la boca, lo cual obedientemente hice. Acabé y fue lo más cercano que estaré del cielo, o eso supongo hasta los días de hoy. Luego besó mi verga, se levantó y se puso nuevamente el hábito. Me hizo vestirme. Fue a lavarse la cara y se vino a despedir. Me dijo que se iría al día siguiente y seguiría buscando algún camino, nuevo, y que pudiera complementar con su vida. Me besó lentamente, y me regaló un crucifijo. Desde ese día, todos los días en la noche, rezo un poco, y recuerdo su cara de mujer atrevida que vi el primer día que la conocí.




















Autor: Miguel Vidal Ojeda        Foto tomada de: http://eros-noir.tumblr.com/

Musa

miércoles, 14 de agosto de 2013

Capitulo I

Todos los días se sentaba a intentar escribir alguna historia frente a su vieja máquina de escribir. Agobiado por el transcurso de sus fatídicos días, era una vía de escape que él mismo había descubierto.

Para llevar a cabo tal acción, se dedicaba a observar todo a su alrededor, buscando alguna inspiración o algo para poder escribir. Sus días pasaban como películas en blanco y negro; la rutina lo consumía durante todo el día, no había posibilidad de escape, no había más lógica que el seguir viviendo sin llegar a entender el por qué. Morir no le llamaba la atención por ahora. Consideraba que en algún momento algo cambiaría la cotidianidad de sus días. Hasta que llegue ese momento, desahogaba su triste vida impregnando con su esencia el papel que corría vertiginosamente por la máquina de escribir.

El sonido de las teclas rasgando el viento para plasmar sus ideas en algo concreto, era el adictivo elixir de todas sus noches. Se deleitaba observando cómo el papel se iba tiñendo de negro, viendo sus ideas, distorsionadas, plasmadas en una hoja, que pronto se convirtió en una multitud de hojas que noche tras noche iba creciendo, aumentando la altura de sus rústicas carpetas hechas con cartón.


Los días cada vez eran más efímeros, tenía la sensación de que ya no existían para él. De cierta manera despertaba, y todo se envolvía en una densa neblina de proyecciones mentales, posibles entramados de personajes, causas y efectos de las acciones tomadas por los mismos, asociaciones intertextuales, pasajes de viejas lecturas y recuerdos de personajes, historias y autores . En este punto recordó que no había leído tanto como él hubiera querido. Comenzó a vender los pocos enseres de su casa. Nada de mucho valor ni imprescindible para la vida que llevaba, después de todo, vivir es algo que no requiere de muchas cosas cuando la comida la consigues en otra parte. Al final solo se quedó con la cama, siempre pensando en cuándo sería la vez que podría estar con una mujer acostado en ella y disfrutar de la belleza de la femineidad al conversar después del sexo y despertar acompañado junto a unos ojos que le miraran atentamente. Por ahora lo descartó, sabía que ninguna mujer querría estar con alguien como él. O eso pensaba; un velador donde guardaba las cartas que se escribía con algunos amigos lejanos y donde depositaba sus libros de cabecera, un pequeño mueble para las pocas ropas que tenía, un escritorio donde solo entraba su vieja máquina de escribir, herencia de su padre, que solo la ocupó en épocas de estudio y luego quedó abandonada en el entre techo de su casa, hasta que la curiosidad de su niñez lo arrastró hasta ella; o la máquina quiso ser encontrada por aquel joven curioso o simplemente el destino les tenía preparado un camino juntos. Nada de eso se puede saber con certeza. Lo seguro es que la máquina estaba siendo usada, y era el modo de escape del mundo rutinario de aquel joven que no odiaba la vida, pero que no le encontraba sentido lógico a lo que debía hacer. Además tenía una silla que servía a la vez de ropero, algunos cuadros que decoraban la pequeña casa, un plato, una taza  los servicios correspondientes por si necesitara comer algo, una salamandra para calefaccionarse y unos candelabros con los cual se alumbraba cuando se olvidaba de pagar la luz. Le gustaba el toque romántico de los candelabros. Nunca llegaban visitas; nunca invitaba visitas. Suficiente con ver gente en el trascurso del tedioso día. Todo lo demás que no fue necesario para vivir en su casa, fue vendido. Con el dinero empezó a visitar las librerías de la ciudad, y empezó a llenarse de libros. Su tiempo se iba ahora en leer y escribir, en el día se preocupaba de hacer sus quehaceres, sin dedicarle mucha pasión pero haciéndolo a conciencia para no tener que volver a repetir esa etapa de su vida. De cierta manera, en lo profundo de su ser, buscaba progresar.

lunes, 12 de agosto de 2013

Contemplación

Desde la cima del abismo
me siento y observo hacia la profundidad,
en compañía de la copa ponzoñosa de la eternidad,
junto a fuegos fatuos caliento mi cuerpo
y lentamente bebo, de aquella calma eterna
para poder observar.

A los pies del abismo, la gente vive
cegada en su miseria putrefacta,
ahogados con los vahos infernales,
de lo que ellos llaman ciudad.
Sin darse cuenta de nada, 
vacíos,
inertes,
siempre en la búsqueda de aquél lugar
que los terminará por asfixiar.

Se pasan la vida entera en búsqueda
de aquello que nunca llegará.
Creen que en la fama y la gloria
podrán soportar el peso del olvido.
Incluso en el amor.
Ingenuos.
Nada perdura.
Todo se derrumba.
Reyes,castillos, montañas,
amores fieles y románticos,
hasta la propia luz de las estrellas,
todo acabará.

Al final de todo en la vida
solo queda esperar.
Contemplar la hora de la muerte
acompañado del cáliz de la eternidad,
y bebiendo
esbozarle una sonrisa 
cuando te mire a la cara
indicando tu hora final.

Miguel Vidal.  Proyecto de verso libre. 

domingo, 11 de agosto de 2013

La danza de la muerte

Alzo el vuelo desde mi inmundo nido;  el viento está a mi favor. Despliego mis alas con olor a pestilencia y muerte, en busca de la carne que será el sustento de mi desdichada vida, y de aquellos que me pertenecen.

Callejuelas en penumbra, hedor de vidas pre mortem, todo rodeado de una obscuridad mortal. Las presas no escasean, pero no se entregan con facilidad. Con mis gritos aliento a mis compañeros de la muerte a sembrar el terror, en las almas desdichadas de aquellos que presienten que van a morir.

Canto más y más fuerte, agito las alas en señal de grandiosidad, sigo gritando, exponiendo mi negra alma a todo aquel que la quiera ver. La carroña se acabó, necesitamos cazar, y para aquél propósito la muerte nos envió a este pueblo, como una plaga, prometiéndonos carne fresca y cadáveres a placer. Le hago caso, y sigo vociferando el canto de la locura y muerte, amplificado por la multitud de mis huestes. Horriblemente encantador. El miedo empieza a brotar lentamente desde cada casa que oye nuestro estrepitoso cantar, en ocasiones siento un olor a esperanza; ilusos, nada escapa del dios de la muerte. Esbozo una sonrisa.

Con mis gritos siembro locura y dejo escapar de mi pico el hedor putrefacto de la muerte. Grito más fuerte y callo. Me subo a la cruz más alta de la iglesia del pueblo, llamo a los míos, el terror ya está haciendo efectos en los corazones de los lugareños. Vuelvo a invocar las pestes mediante los cánticos, esta vez desde el corazón de su fe, desde la cruz los maldigo en voces que nunca entenderán, Acá está su Dios, un Dios que no discrimina pobres de ricos, altos de bajos, gordos de flacos, vengan a mí, al final de la vida, todos poseen el mismo sabor.

El sol se esconde en el horizonte, horrorizado por lo que presiente venir. El viento cesa su clamor dejando a su paso una calma fúnebre. La noche, haciendo caso a mi llamado, viene a cobijar nuestra danza con su manto nocturno, nublando los cielos para ocultar a Diana de que se avecina. Comienza el macabro espectáculo. Vuelvo a agitar mis alas, esta vez sintiendo el éxtasis al máximo, comienzo a emitir el sonido de la muerte, primero despacio, luego más y más fuerte, luego junto a todo mi ejército espectral. La locura se siente venir, sembrándose por todas aquellas miserables casas apostadas una al lado de otra, refugiadas entre ellas mismas, pero condenadas al destino inevitable de observar el clamor mortuorio. Primero un niño, desquiciado con los sonidos que oye, corre despavorido hacia la iglesia en busca de la salvación, en busca del Dios protector que se ha escondido en algún lugar donde no quiere escuchar las suplicas de gente hipócrita. Lo sigue más gente, imitando el gesto. Al salir de sus casas pierden su única protección, es el momento de atacar; Al unísono vamos en busca de la carne fresca, picoteando la piel, rasgando sus vestiduras, arañando sus caras, caen rendidos y en aquel momento antes de su muerte, solo se dedican a rezar. Nos reímos. 

La sangre chorrea caliente por mi pico. El júbilo me eriza las plumas, electriza mi cuerpo. Termino arrancándole los ojos a mi primera víctima. El hambre nunca cesa.  Canto otra vez, vuelo en círculos perfectos. Me río;  es una risa gutural. La escena de la locura trae paz a mi ser. Mis huestes acaban rápidamente con la poca gente de aquel pueblo, pueblo olvidado por el manto protector de algún misericordioso dios. Sigo ejecutando la danza de la muerte hasta que ya no queda nadie en pie. Tenemos comida para días. Los designios del universo se cumplen a cabalidad. Ahora vuelo libre, hasta que el ciclo vuelva a comenzar.



Autor: Miguel Vidal


Licencia Creative Commons
La danza de la muerte por Miguel Vidal Ojeda se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 3.0 Unported.
Basada en una obra en http://fervoryblasfemia.blogspot.com/.

Inevitable

El sudor resbalaba por su rostro; sentía el sabor salado entrando por su boca al respirar agitadamente; los músculos del cuerpo se tensaban cada vez más, llegando al borde del abismo entre el colapso y la derrota, pero sabía que aunque quisiera, no podía detenerse a descansar, su perseguidor no sufría cansancio, seguía siempre atrás de él sin bajar el ritmo de la persecución, obligándolo a no detener el frenesí de la persecución.

Recordaba una familia, pequeños niños jugando en el patio de un lugar y año perdido en la línea del tiempo, gente que parecía conocerlo, momentos compartiendo cervezas, cigarrillos, emociones, vagos resquicios de felicidad, o locura, ambas emociones de naturaleza similar, muy difícil de distinguir cuando el cansancio de una carrera al parecer infinita agobia tu mente y no deja enlazar nada correctamente. Ni siquiera sabe si algo de eso le pertenece, no puede ubicarse en aquellos recuerdos, vagamente piensa que podrían ser de él. Nada certero por ahora, solo seguir corriendo, es lo único que sabe con seguridad, correr para arrancar.

El sudor lo ahogaba y secaba sus entrañas al mismo tiempo, corría; pensaba por qué de un momento a otro se encontraba así, empezaba a cuestionarse unas cuentas cosas, intentaba encontrar una conexión lógica entre cada suceso que le acontecía…

Nada tenía una respuesta dentro de su lógica, solo sentía lo necesario para darse cuenta de que si paraba de correr, algo que no deseaba en ese momento sucedería. Sus sentidos respondían correctamente todavía, podía moverse bien, aquello le permitía correr; Podía ver el camino que debía seguir, era lúgubre pero agradable al momento de correr, como si estuviera preparado para persecuciones infinitas, una pequeña ayuda de una conciencia superior. Miraba hacia los lados, por si encontraba alguna fuente de agua, pero nada; Una densa neblina de aspecto tóxico cubría todo alrededor del camino, dejando en penumbra todo a su paso, excepto el camino trazado.

La situación inmediata estaba clara, solo debería correr, ahora sentía más profundamente la sensación que venía atrás de él, le dio miedo, y el miedo forzó nuevamente a su cuerpo a seguir corriendo. Sintió locura, miedo y tiempo, demasiado tiempo, se vio perdido en el infinito y la locura comenzó a llegar a su ser. Más que antes sintió ahora la necesidad de correr, no soportaba la idea de sentir aquella locura por tiempos eternos; La eternidad agobia el alma hasta del hombre más resistente. Él no era de esos tipos con agallas para aguantar.

No había como saber cuánto había pasado; Segundos, Minutos, Horas, Años, Eternidades. No podía calcular, se sintió perdido, mareado, ahora sentía un olor repugnante, a podredumbre tras de él, como si el tiempo se hubiera marchitado, como si la vida del mismo hubiera muerto y con efecto del tiempo, hubiera llegado hasta transformase en un hedor insoportable. Imaginaba larvas blancas comiendo la carne atemporal, ayudando a digerirla y acabarla para pasar a nuevas formas de vidas, se imaginó lo que saldría de una larva que se alimente de tiempo muerto, y no le gustó.

El corazón trabajaba como nunca antes él lo había sentido, la sangre fluía vertiginosamente por sus arterias renovando el aire de los agotados músculos, cada vez más propensos a fallar, casi ahogados con el hedor de la podredumbre, débiles, pero como todo en la vida, nada resiste. De a poco la marcha comenzó a bajar, la eternidad es un largo camino, quiebra su temple, dobla sus piernas, el cuerpo y el alma se rinde ante tan sublime y eficaz verdugo.

A lo mejor si tuvo una familia, hijos, amigos con los cuales compartió emociones y cervezas, a lo mejor amó o se volvió loco. En la hora de la verdad, nada pudo concluir. Todo eso acaba en pocos segundos y deja de importar realmente cuando la locura y el tiempo llegan por él.
        
           El destino de su vida estaba predestinado por aquellas tres mujeres que desde las alturas controlan los hilos de la humanidad, aunque las Moiras se divirtieron viéndolo correr y tratar de encontrar una respuesta lógica a lo que le sucedía, sin poder comprender que toda respuesta está más allá de la simple comprensión humana. Cuando las diosas quieren cortar tu hilo, solo queda correr a pesar de que el resultado sea inevitable. Uno siempre se aferra a la vida, sea como sea, siempre tiene esperanzas, siempre cree que en algún momento puede despertar de la pesadilla eterna o encontrar la luz al final del túnel y junto a ella una salida. Nada de eso ocurre. De la locura y el tiempo, nadie escapa.
        
Autor: Miguel Vidal
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Inevitable por Miguel Vidal Ojeda se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 3.0 Unported.
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