Todos los días se sentaba a
intentar escribir alguna historia frente a su vieja máquina de escribir.
Agobiado por el transcurso de sus fatídicos días, era una vía de escape que él
mismo había descubierto.
Para llevar a cabo tal
acción, se dedicaba a observar todo a su alrededor, buscando alguna inspiración
o algo para poder escribir. Sus días pasaban como películas en blanco y negro; la
rutina lo consumía durante todo el día, no había posibilidad de escape, no
había más lógica que el seguir viviendo sin llegar a entender el por qué. Morir
no le llamaba la atención por ahora. Consideraba que en algún momento algo
cambiaría la cotidianidad de sus días. Hasta que llegue ese momento,
desahogaba su triste vida impregnando con su esencia el papel que corría
vertiginosamente por la máquina de escribir.
El sonido de las teclas rasgando el viento
para plasmar sus ideas en algo concreto, era el adictivo elixir de todas sus
noches. Se deleitaba observando cómo el papel se iba tiñendo de negro, viendo
sus ideas, distorsionadas, plasmadas en una hoja, que pronto se convirtió en
una multitud de hojas que noche tras noche iba creciendo, aumentando la altura
de sus rústicas carpetas hechas con cartón.
Los días cada vez eran más
efímeros, tenía la sensación de que ya no existían para él. De cierta manera
despertaba, y todo se envolvía en una densa neblina de proyecciones mentales,
posibles entramados de personajes, causas y efectos de las acciones tomadas por
los mismos, asociaciones intertextuales, pasajes de viejas lecturas y recuerdos de personajes, historias y autores . En
este punto recordó que no había leído tanto como él hubiera querido. Comenzó a
vender los pocos enseres de su casa. Nada de mucho valor ni imprescindible para
la vida que llevaba, después de todo, vivir es algo que no requiere de muchas
cosas cuando la comida la consigues en otra parte. Al final solo se quedó con
la cama, siempre pensando en cuándo sería la vez que podría estar con una mujer
acostado en ella y disfrutar de la belleza de la femineidad al conversar
después del sexo y despertar acompañado junto a unos ojos que le miraran
atentamente. Por ahora lo descartó, sabía que ninguna mujer querría estar con
alguien como él. O eso pensaba; un velador donde guardaba las cartas que se
escribía con algunos amigos lejanos y donde depositaba sus libros de cabecera,
un pequeño mueble para las pocas ropas que tenía, un escritorio donde solo
entraba su vieja máquina de escribir, herencia de su padre, que solo la ocupó
en épocas de estudio y luego quedó abandonada en el entre techo de su casa,
hasta que la curiosidad de su niñez lo arrastró hasta ella; o la máquina quiso
ser encontrada por aquel joven curioso o simplemente el destino les tenía
preparado un camino juntos. Nada de eso se puede saber con certeza. Lo seguro
es que la máquina estaba siendo usada, y era el modo de escape del mundo rutinario
de aquel joven que no odiaba la vida, pero que no le encontraba sentido lógico
a lo que debía hacer. Además tenía una silla que servía a la vez de ropero,
algunos cuadros que decoraban la pequeña casa, un plato, una taza los servicios correspondientes por si
necesitara comer algo, una salamandra para calefaccionarse y unos candelabros
con los cual se alumbraba cuando se olvidaba de pagar la luz. Le gustaba el
toque romántico de los candelabros. Nunca llegaban visitas; nunca invitaba
visitas. Suficiente con ver gente en el trascurso del tedioso día. Todo lo demás que no
fue necesario para vivir en su casa, fue vendido. Con el dinero empezó a
visitar las librerías de la ciudad, y empezó a llenarse de libros. Su tiempo se
iba ahora en leer y escribir, en el día se preocupaba de hacer sus quehaceres, sin
dedicarle mucha pasión pero haciéndolo a conciencia para no tener que volver a
repetir esa etapa de su vida. De cierta manera, en lo profundo de su ser, buscaba progresar.
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