sábado, 17 de agosto de 2013

Sacro

Mi primera impresión fue la de una mujer atrevida. Su mirada dejaba entrever un pasado cargado de fuertes emociones y que, de cierta forma, no encajaba en aquel lugar. Yo la miré, primero con curiosidad y luego con esa cuota de perversión inherente de cada hombre. La saludé cordialmente y luego, se perdió entra la multitud de escaleras sacras propias del lugar.

Desde el día en que la vi por aquel lugar, comencé a aumentar el número de visitas que realizaba, forzando al destino para que me la entregara nuevamente, de una manera efímera, pero con la cual podría seguir aumentando mis perversiones que de a poco, crecían en mi mente. De cierta manera, quedé ligado a ella; Los días siguieron pasando con su calma característica, hasta que un día, ya pasado bastante tiempo desde nuestro primer contacto visual, la volví a ver por los patios de aquel colegio. Su hábito color café claro no hacía más que resaltar su tez de un color blanco -blanco de pureza- pensé instintivamente, y remarcaba el color pardo de sus ojos. En su mano izquierda, que era la que podía observar, vi que llevaba dos anillos, en el anular y el dedo medio, lo cual según mi parecer, no correspondía a las normas que pretendían implantar a las hermanas de aquel lugar. Me acerqué con calma y nuevamente la saludé, intercambiamos algunas palabras de cortesía, le pregunté su edad - 24 años – y si era de por algún lugar cercano o se había venido desde alguna otra parte del país. Según lo que me dijo, se venía desde el norte, buscando algún rumbo con el cual proseguir su vida. Mientras mantuvimos estas pocas pero agradables palabras, en ningún momento saqué mis ojos de los suyos. Siempre he pensado que, de alguna manera, los ojos son la ventana del alma; Y esta alma, la cual pude observar aquella tarde, algo tenía que me intrigaba y no podía dejar de pensar en qué era lo que llamaba mi atención.

Los días fueron pasando en su eterna sucesión de días sin novedades y con un rigor impecable en su rutina, hasta que en un momento determinado, nuevamente me tocó ir al colegio – colegio de monjas, por si el desocupado lector todavía no se ha dado cuenta – en el cual vivían aproximadamente unas ocho religiosas entre las de rango –Sor-  y las novicias, a suplir el turno de la bibliotecaria de turno, que enfermó y extendió licencia por unos días.

Una vez instalado en mi nuevo lugar de trabajo, comencé a re-ordenar el caos de mi antigua compañera y cuando tuve todo en orden, me di el placer de salir a recorrer el colegio en las horas de recreo, aparentemente para respirar aire puro, pero con el afán siniestro de volverme a encontrar con Beatriz. En uno de los recreos de la tarde, de mi primer día de trabajo, la encontré caminando por el jardín que daba hacia el patio, al lado de los aposentos de las hermanas. La saludé y conversamos sobre algunas trivialidades del día, recurrentes en cualquier conversación cotidiana. Le comenté que estaba haciendo un remplazo a la bibliotecaria, y que estaría por el colegio algunos días más. La invité a conversar en su tiempo libre a la biblioteca, a lo cual accedió con un cierto dejo de placer culpable en su mirada.

Al día siguiente, fue a mi lugar de trabajo. Preparé un café y conversamos sobre la vida. De ella supe que venía desde un lugar lejano, que desde una temprana edad había abandonado el hogar en busca de algún camino que complementara con su vida, que le gustaba probar de todo para que después no le vengan con el cuento y que por una locura de su juventud, quiso probar lo que se sentía servir en el camino hacia Dios. Me pareció un pensamiento razonable, de cierta forma era un alma aventurera y alocada, ahora confirmando mi percepción que tuve de ella el primer día que pude ver su alma a través de sus ojos. Le pregunté si leía algo en especial y la respuesta fue que consumía letras por montones, aunque me sorprendió al decirme que había leído sobre el Marqués de Sade, Apollinaire y von Sacher- Masoch. Quedé expectante y al momento en que iba nombrándome los autores ya mencionados, por mi mente iban pasando las imágenes de cada lectura que había realizado de aquellos próceres de la literatura erótica. Desde aquel momento, supe que Beatriz no estaba en búsqueda del camino hacia Dios, sino que quería experimentar, al igual que toda su vida, algo más placentero que rezar oraciones por las noches y educar bajo ciertos dogmas a jóvenes por los días. Andaba en busca de sexo, sexo -de alguna manera- sacro. Miles de imágenes y posibilidades se cruzaron vertiginosamente por mi mente, ruborizándome el rostro y llevando a causarme una erección que disimulé gracias al escritorio que tenía enfrente de mí. La conversación siguió su curso y el final del recreo llegó acompañado por el ruido de la multitud de niños que entraban corriendo a sus respectivas clases. Nos despedimos, me ofrecí a ayudarle en cualquier cosa que necesitara, y le dije que venga a verme nuevamente cuando quisiera.

Todo pasó un día cuando Beatriz me dijo que la acompañara a rezar a su habitación donde además, aprovecharía de mostrarme algunas fotos de sus viajes que había realizado antes de venir a caer a este colegio como novicia. Me preparé para lo que fuera. Recordaba su miraba cuando me contaba sobre los libros que había leído, con una fogosidad insospechada en una mujer imbuida con los hábitos del señor. Llegué puntual a su pieza, previamente pactada una manera de golpear, para que sepa que era yo el que iba y no alguna Sor que la estuviera llamando para realizar alguna oración en la capilla. Beatriz había dicho que se sentía mal y que por el día estaría guardando reposo en su habitación. Argumentó que le dolía la cabeza y que por favor la dejaran descansar con tranquilidad. Llegado el momento, abrió la puerta, y me hizo pasar. El lugar se veía cómodo, pero simple. Una cama, un velador con una biblia encima, un crucifijo en una pared, una cómoda para dejar la ropa y algunos cuadernos y libros, y una imagen de Jesús impresa en un papel fotográfico en forma de tríptico. Eso componía el ambiente de Beatriz, más un leve olor a su perfume, que inundaba placenteramente la habitación.

 Llegado el momento, me pidió que me arrodillara a los pies de la cama, junto a ella y cerrando los ojos comenzáramos a rezar. Todo fue siguiendo el ritual típico de los rezos, aunque había algunas oraciones que yo no me sabía, así que ella las iba diciendo y yo las repetía. El tiempo iba pasando, y yo, de cierta manera me iba resignando a los designios que tenía en mi cabeza, pero a la vez,estaba contento por la agradable compañía. Seguí rezando y aprendiendo a la vez. Hubo un momento de trance en los cuales ambos rezábamos al mismo tiempo, casi despojándonos de nuestro ser y siendo solamente una sucesión de palabras dichas al unísono. Seguí rezando hasta que sentí una voz en mi oído que susurraba – No te detengas, sigue rezando- y sentí unas manos deslizándose por mi pantalón, hasta llegar a mi verga. De inmediato, volvieron las imágenes del Marqués de Sade, inevitablemente. Pero fui fiel a su mandato y continué rezando, como si en eso se me fuera la vida. Su mano hábilmente me bajo el cierre del pantalón y comenzó a masturbarme lentamente. La situación no dejaba de ser extraña, un hombre rezando y una monja veinteañera masturbándolo en su habitación frente a la imagen de Dios. Siguió acariciando mi verga hasta que estuvo lo bastante dura, y nuevamente me susurró al oído, con una voz dulce como la miel, que me pusiera de pie, sin dejar de rezar y mirando en dirección hacia el crucifijo de la pared. Obedecí en todo lo que me decía, me puse de pie, busqué la pared con el crucifijo y seguí rezando mientras ella, arrodillada frente a mi, se introducía mi pene en su boca y jugueteaba con el, pasándole lentamente la lengua, como si fuera un elemento sagrado, con cuidado, pero siempre manteniendo un ritmo al masturbarme con sus labios. La situación cada vez se ponía más caliente, y me costaba mantener el ritmo de los rezos. Abrí los ojos y contemple la imagen de Jesús crucificado y me imagine qué le hubiera parecido si María Magdalena, en su nicho de muerte, le hubiera regalado una oportunidad de tener sexo antes de irse al valle de la muerte por tres días; Lo imaginé sonriendo y cogiendo en su sepulcro, antes que lo cierren con aquella piedra gigante, feliz por aquella oportunidad. Volviendo a mi realidad, la vi a ella, arrodillada y mirándome a los ojos, chupando mi pene de una manera espectacular, aunque divino sería el adjetivo correcto al caso. Se levantó, me besó, se tiró sobre la cama poniéndose en cuatro y me ordenó que la penetrara, a lo cual accedí gustosamente. Ella siempre tuvo el control de la situación, le gustaba mandar. Eso pensaba mientras la penetraba, dulcemente al principio, luego a petición de ella, cada vez más fuerte, azotando sus nalgas hasta dejarlas rojas, y tirándole el pelo, mientras la tenía en cuatro. Fue inevitable volver a recordar a Apollinaire, es increíble lo fácil que es perderse entre la literatura y la vida. Sus gemidos, primero suaves y luego más fuertes, invitaban a perderse en aquel valle inusitado de placer. Su cuerpo era bello, se movía ágilmente mientras la penetraba, me pedía que le azotara las nalgas mientras me movía frenéticamente, mis manos estaban rojas al igual que aquellas nalgas color blanquecino al inicio del sexo. Su vagina, estrecha, más el roce agresivo de aquella forma de penetrarla, y su hábito de la cabeza que todavía no se sacaba, me calentaban de una manera que no había conocido antes. Al rato siguiente, acabé entre sus nalgas a lo cual ella respondió con una risita placentera, cansado pero todavía con ganas de más. Aquel pequeño paraíso terrenal, debía de ser aprovechado. Me besó largamente y me hizo tenderme en la cama. Nuevamente comenzó con sus bellas manos, las cuales llevaban sus dos anillos característicos, a masturbarme. La sangre nuevamente comenzó a circular por mi verga, empalmándola más rápido de que lo estaba acostumbrado. Comenzó nuevamente a hacerme sexo oral, bendita mujer, sabía lo que hacía, hasta que se montó sobre mí y comenzó a moverse como solo un ángel errando en la tierra sabría hacerlo. El placer que sentimos, fue inmenso, sentir su cuerpo sobre el mío en aquella situación, donde el sexo nunca antes había sido permitido, calentaba más la situación. Veía su cara roja por la pasión, y la veía reír – una hermosa sonrisa culpable- y gemir. La abracé y seguí moviéndome yo, para penetrarla con mayor intensidad, forzando a que sus gemidos y los míos aumentaran su intensidad. Al cabo de un rato, volvimos a acabar, esta vez me fui dentro de su caliente y exquisita vagina. La besé mientras acariciaba su pelo, y le dije que era la monja más espectacular que había conocido. Ella sonrió y dijo que nunca había experimentado el sexo sacro, que le pareció rico –mirándome complacientemente- y que necesitaba una vez más, antes de que me vaya. Me pidió que la apoyara en la pared contigua al crucifijo, y que la penetrara, esta vez por su ano. Con el solo hecho de verla allí, bajo el crucifijo de la pared, con su cuerpo todavía rojo por los golpes de antes, con su mirada que pasaba de lo celestial a lo infernal, fue suficiente para tener una nueva erección, con un poco de su saliva lubricó mi pene y procedió a ponerse a la pared y yo, lentamente, a penetrarla por su ano que esperaba impaciente aquella rica sensación. Esta vez los gemidos sobrepasaron a los anteriores en magnitud, en algún momento pensé en que alguna madre superiora nos escucharía y ahí mismo acabaría todo, pero no fue así, las construcciones son antiguas y las paredes lo bastante anchas para absorber todo aquel ruido producto del placer. Su cuerpo se retorcía producto del sexo, me pedía que la penetrara lento o rápido, dependiendo de su gusto, y yo, fiel vasallo de aquella Reina, obedecía en todo, dándome ciertas licencias, y azotando sus nalgas para que grite más, acariciando sus pechos redondos y tensos debido a la agitación momentánea. En un momento del trance sexual, la imaginé con alas blancas, su cuerpo tenso y con gotas de sudor bajando por efecto de la gravedad, siempre con una sonrisa leve en sus labios, gozando de aquel placer que pocos pueden experimentar, con sus ojos contemplando a Jesús, con ternura, por regalarle aquella escena para que se distraiga un poco de la rutina. Definitivamente era un ángel, o algo similar.

Cuando estaba por acabar, se arrodillo frente a mí, y me dijo que se lo tirara en la boca, lo cual obedientemente hice. Acabé y fue lo más cercano que estaré del cielo, o eso supongo hasta los días de hoy. Luego besó mi verga, se levantó y se puso nuevamente el hábito. Me hizo vestirme. Fue a lavarse la cara y se vino a despedir. Me dijo que se iría al día siguiente y seguiría buscando algún camino, nuevo, y que pudiera complementar con su vida. Me besó lentamente, y me regaló un crucifijo. Desde ese día, todos los días en la noche, rezo un poco, y recuerdo su cara de mujer atrevida que vi el primer día que la conocí.




















Autor: Miguel Vidal Ojeda        Foto tomada de: http://eros-noir.tumblr.com/

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