El
sudor resbalaba por su rostro; sentía el sabor salado entrando por su boca al
respirar agitadamente; los músculos del cuerpo se tensaban cada vez más,
llegando al borde del abismo entre el colapso y la derrota, pero sabía que
aunque quisiera, no podía detenerse a descansar, su perseguidor no sufría
cansancio, seguía siempre atrás de él sin bajar el ritmo de la persecución,
obligándolo a no detener el frenesí de la persecución.
Recordaba
una familia, pequeños niños jugando en el patio de un lugar y año perdido en la
línea del tiempo, gente que parecía conocerlo, momentos compartiendo cervezas,
cigarrillos, emociones, vagos resquicios de felicidad, o locura, ambas
emociones de naturaleza similar, muy difícil de distinguir cuando el cansancio
de una carrera al parecer infinita agobia tu mente y no deja enlazar nada
correctamente. Ni siquiera sabe si algo de eso le pertenece, no puede ubicarse
en aquellos recuerdos, vagamente piensa que podrían ser de él. Nada certero por
ahora, solo seguir corriendo, es lo único que sabe con seguridad, correr para
arrancar.
El
sudor lo ahogaba y secaba sus entrañas al mismo tiempo, corría; pensaba por qué
de un momento a otro se encontraba así, empezaba a cuestionarse unas cuentas
cosas, intentaba encontrar una conexión lógica entre cada suceso que le
acontecía…
Nada
tenía una respuesta dentro de su lógica, solo sentía lo necesario para darse
cuenta de que si paraba de correr, algo que no deseaba en ese momento
sucedería. Sus sentidos respondían correctamente todavía, podía moverse bien,
aquello le permitía correr; Podía ver el camino que debía seguir, era lúgubre
pero agradable al momento de correr, como si estuviera preparado para
persecuciones infinitas, una pequeña ayuda de una conciencia superior. Miraba
hacia los lados, por si encontraba alguna fuente de agua, pero nada; Una densa
neblina de aspecto tóxico cubría todo alrededor del camino, dejando en
penumbra todo a su paso, excepto el camino trazado.
La
situación inmediata estaba clara, solo debería correr, ahora sentía más
profundamente la sensación que venía atrás de él, le dio miedo, y el miedo
forzó nuevamente a su cuerpo a seguir corriendo. Sintió locura, miedo y tiempo,
demasiado tiempo, se vio perdido en el infinito y la locura comenzó a llegar a
su ser. Más que antes sintió ahora la necesidad de correr, no soportaba la idea
de sentir aquella locura por tiempos eternos; La eternidad agobia el alma hasta
del hombre más resistente. Él no era de esos tipos con agallas para aguantar.
No
había como saber cuánto había pasado; Segundos, Minutos, Horas, Años, Eternidades.
No podía calcular, se sintió perdido, mareado, ahora sentía un olor repugnante,
a podredumbre tras de él, como si el tiempo se hubiera marchitado, como si la
vida del mismo hubiera muerto y con efecto del tiempo, hubiera llegado hasta
transformase en un hedor insoportable. Imaginaba larvas blancas comiendo la
carne atemporal, ayudando a digerirla y acabarla para pasar a nuevas formas de
vidas, se imaginó lo que saldría de una larva que se alimente de tiempo muerto,
y no le gustó.
El
corazón trabajaba como nunca antes él lo había sentido, la sangre fluía
vertiginosamente por sus arterias renovando el aire de los agotados músculos,
cada vez más propensos a fallar, casi ahogados con el hedor de la podredumbre,
débiles, pero como todo en la vida, nada resiste. De a poco la marcha comenzó a
bajar, la eternidad es un largo camino, quiebra su temple, dobla sus piernas,
el cuerpo y el alma se rinde ante tan sublime y eficaz verdugo.
A lo
mejor si tuvo una familia, hijos, amigos con los cuales compartió emociones y
cervezas, a lo mejor amó o se volvió loco. En la hora de la verdad, nada pudo
concluir. Todo eso acaba en pocos segundos y deja de importar realmente cuando la locura y el tiempo llegan por
él.
El
destino de su vida estaba predestinado por aquellas tres mujeres que desde las
alturas controlan los hilos de la humanidad, aunque las Moiras se divirtieron
viéndolo correr y tratar de encontrar una respuesta lógica a lo que le sucedía,
sin poder comprender que toda respuesta está más allá de la simple comprensión
humana. Cuando las diosas quieren cortar tu hilo, solo queda correr a pesar de
que el resultado sea inevitable. Uno siempre se aferra a la vida, sea como sea,
siempre tiene esperanzas, siempre cree que en algún momento puede despertar de
la pesadilla eterna o encontrar la luz al final del túnel y junto a ella una
salida. Nada de eso ocurre. De la locura y el tiempo, nadie escapa.
Autor: Miguel Vidal

Inevitable por Miguel Vidal Ojeda se encuentra bajo una Licencia Creative Commons Atribución-CompartirIgual 3.0 Unported.
Basada en una obra en http://fervoryblasfemia.blogspot.com/.
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