Paseaba todos los días por las mismas
calles, siguiendo un orden de fuerza mayor, conciencia lo llaman a veces.
Caminaba y observaba atentamente cada detalle de sus calles, los colores de las
casas y los negocios, la gente que se encontraba todos los días en el mismo
lugar, como si fueran almas encadenadas a una condena sin final. Los observaba
y sonreía. Nunca supo ella misma por qué no consideraba otras rutas para
caminar. Le gustaban aquellas, la textura del suelo al dar paso tras paso, los
olores que perfumaban el ambiente, los colores que reflejaban vívidamente,
junto a la ayuda del sol, sus emociones internas; A veces colores cálidos, en
ocasiones oscuros. Las vitrinas eran sus paraderos obligados, sobre todo las
vitrinas de aquellos locales que vendían cosas que sabía que nunca podría
comprar, no por el hecho del costo de las cosas, sino porque sabía que eran
artefactos que suplantaban la esencia de las cosas. Ella era así, de cierta
manera minimalista; Abstraía los conceptos de cada cosa, no necesariamente
quitándole la hermosura de los mismos, ella era hermosa y el conjunto de las
cosas que la rodeaban, también lo eran. Aunque no encontraba lógica en comprar
un set de lozas de porcelanas de un valor muy elevado siendo que cumplía la
misma función que la loza, barata pero sin quitarle lo estéticamente bello. A
más caro, más dolor al perder el objeto. En desear está el error, pensaba
siempre al mirar aquellas vitrinas mientras le sonreía a toda la gente que la
miraba al pasar.
La vida
para ella consistía en observar la hermosura de la que le tocó vivir.
Creía en el amor, pero no lo buscaba todavía; Sabía que cuando sea el
momento correcto, el verdadero amor llegaría a su vida, sin necesidad de
buscarlo vertiginosamente por la senda del destino. Por ahora se dedicaba a
leer y sonreír. Le encantaba leer, de todo, no hacía distinción, y cuando
conversaba con sus amigas, respetaba todas las posturas literarias, nunca tuvo
un conflicto por supremacía literaria ni por imponer sus puntos de vista
respecto a algún autor. Las letras eran demasiado perfectas para enemistarlas
entre ellas. Suficiente con que se peleen los hombres por banalidades obscenas.
Le gustaban los patios, mientras más verdes mejor, y las cantidades de flores
del mismo determinaba cuando tiempo merecía ser observado por sus ojos color
turquesa. Sabía de plantas y flores, aunque el descuido siempre había mermado
sus cosechas propias,aún así lograba mantener unos cuantos girasoles que la saludaban
cada día al salir de su hogar.
Estudiaba artes, le gustaba la historia y la pintura, aunque sabía
que aquella no le generaría dinero para llevar una vida “Correcta y socialmente
aceptable” como decía cada vez que podía, su madre. Ella era feliz estudiando
algo que la llenaba de alegría. Sus compañeros eran agradables y siempre
la saludaban con cariño. Ella a todos respondía con una sonrisa encantadora y
citas textuales de algún autor de su agrado. Amaba visitar la biblioteca y
recorrer los recónditos pasillos, oscuros y con el inconfundible olor a tiempo;
acariciar las tapas de los libros, absorber su aroma a polvo y devorar las
letras de los prólogos, caminar a ciegas sin saber en qué pasillo se encuentra
y escoger algún libro al azar, abrirlo en alguna página aleatoria y leer el
primer párrafo en que se posaran sus ojos, y extraer de aquella suerte de
destino literario, algún idea que sea útil para su vivir. Le gustaba esa forma,
que los libros la encontraran a ella, y no al revés. En ocasiones anotaba alguna
frase, junto al autor de la misma, en su pequeña libreta de anotaciones, por si
llegara algún momento en que serviría de utilidad.
Entre sus
lecturas y la universidad se iba gran parte de sus días. El resto del tiempo
lo ocupaba en caminar por sus calles y contemplar lo que le ofrecían los días. Siempre había pensado en escribir, ya había leído lo suficiente como
para poder hilar ideas de un modo similar a sus autores favoritos. Mal que mal
siempre es así, uno termina adoptando costumbres de las personas que le
agradan. A pesar de todo, un dejo de vergüenza no la dejaba comenzar. Siempre
retrasaba su entrada en el mundo de la escritura. Todavía no era el momento,
eso lo sabía, pero cuándo llegaría, no lo sabía y tampoco le preocupaba. Pintar
la hacía encontrarse con su ser interior, con sus animales totémicos, y
mientras contemplaba sus lienzos, la catarsis (algunos le llaman epifanía) se producía en su interior.
Había
momentos en que se sentaba en la plaza a ver la gente pasar; Era algo agradable
para ella, observar el alocado transitar de las personas y ver sus gestos
naturales al caminar, la ropa que usaban, intentar identificar la personalidad
de cada uno, solamente a causa de alguna prenda en especial o de algún tic
gestual. Un día, encontrándose sentada en su misma banca de siempre, observó un
tipo al que nunca había visto por ahí – lo cual de cierta manera, le sorprendía
un poco – por el hecho de conocer bastante bien a todos los habitantes de
aquella zona que rigurosamente transitaban a la misma hora, siendo fieles a sus
amargas rutinas. Aquel joven era diferente; parecía no seguir ningún patrón
establecido, de cierta manera, huía del entorno de una forma apenas
perceptible. No veía a las personas a la cara, lo cual demostraba que era tímido,
o que era simplemente, asocial. Vestía ropas que seguramente eran
compradas en ropa americana, utilitarias y en ningún caso feas, aunque eran
pocas las personas que compraban allá –ella era una de esas personas- así que
intentó recordar si por casualidad lo había visto en algún local. Nada. Llevaba
algo bajo el brazo que supuso debían ser algunos cuaderno, logró verle el color de su pelo, y luego, lo perdió
de vista entre la multitud.
Aquella
visión no la abandonó, y siguió con ella los días posteriores, quebrando de
lleno sus rutinas y volcándose completamente en la tarea de encontrar aquel
cuerpo, para poder ver su cara y terminar de reconstruir el entramado de ideas
que se le habían presentado en su cabeza.

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