domingo, 18 de agosto de 2013

Capítulo IIII

        Paseaba todos los días por las mismas calles, siguiendo un orden de fuerza mayor, conciencia lo llaman a veces. Caminaba y observaba atentamente cada detalle de sus calles, los colores de las casas y los negocios, la gente que se encontraba todos los días en el mismo lugar, como si fueran almas encadenadas a una condena sin final. Los observaba y sonreía. Nunca supo ella misma por qué no consideraba otras rutas para caminar. Le gustaban aquellas, la textura del suelo al dar paso tras paso, los olores que perfumaban el ambiente, los colores que reflejaban vívidamente, junto a la ayuda del sol, sus emociones internas; A veces colores cálidos, en ocasiones oscuros. Las vitrinas eran sus paraderos obligados, sobre todo las vitrinas de aquellos locales que vendían cosas que sabía que nunca podría comprar, no por el hecho del costo de las cosas, sino porque sabía que eran artefactos que suplantaban la esencia de las cosas. Ella era así, de cierta manera minimalista; Abstraía los conceptos de cada cosa, no necesariamente quitándole la hermosura de los mismos, ella era hermosa y el conjunto de las cosas que la rodeaban, también lo eran. Aunque no encontraba lógica en comprar un set de lozas de porcelanas de un valor muy elevado siendo que cumplía la misma función que la loza, barata pero sin quitarle lo estéticamente bello. A más caro, más dolor al perder el objeto. En desear está el error, pensaba siempre al mirar aquellas vitrinas mientras le sonreía a toda la gente que la miraba al pasar.

           

    La vida para ella consistía en observar la hermosura de la que le tocó vivir. Creía en el amor, pero no lo buscaba todavía; Sabía que cuando sea el momento correcto, el verdadero amor llegaría a su vida, sin necesidad de buscarlo vertiginosamente por la senda del destino. Por ahora se dedicaba a leer y sonreír. Le encantaba leer, de todo, no hacía distinción, y cuando conversaba con sus amigas, respetaba todas las posturas literarias, nunca tuvo un conflicto por supremacía literaria ni por imponer sus puntos de vista respecto a algún autor. Las letras eran demasiado perfectas para enemistarlas entre ellas. Suficiente con que se peleen los hombres por banalidades obscenas. Le gustaban los patios, mientras más verdes mejor, y las cantidades de flores del mismo determinaba cuando tiempo  merecía  ser observado por sus ojos color turquesa. Sabía de plantas y flores, aunque el descuido siempre había mermado sus cosechas propias,aún así lograba mantener unos cuantos girasoles que la saludaban cada día al salir de su hogar.

    Estudiaba artes, le gustaba la historia y la pintura, aunque sabía que aquella no le generaría dinero para llevar una vida “Correcta y socialmente aceptable” como decía cada vez que podía, su madre. Ella era feliz estudiando algo que la llenaba de alegría. Sus compañeros eran agradables y siempre la saludaban con cariño. Ella a todos respondía con una sonrisa encantadora y citas textuales de algún autor de su agrado. Amaba visitar la biblioteca y recorrer los recónditos pasillos, oscuros y con el inconfundible olor a tiempo; acariciar las tapas de los libros, absorber su aroma a polvo y devorar las letras de los prólogos, caminar a ciegas sin saber en qué pasillo se encuentra y escoger algún libro al azar, abrirlo en alguna página aleatoria y leer el primer párrafo en que se posaran sus ojos, y extraer de aquella suerte de destino literario, algún idea que sea útil para su vivir. Le gustaba esa forma, que los libros la encontraran a ella, y no al revés. En ocasiones anotaba alguna frase, junto al autor de la misma, en su pequeña libreta de anotaciones, por si llegara algún momento en que serviría de utilidad.
            

        
    Entre sus lecturas y la universidad se iba gran parte de sus días. El resto del tiempo  lo ocupaba en caminar por sus calles y contemplar lo que le ofrecían los días. Siempre había pensado en escribir, ya había leído lo suficiente como para poder hilar ideas de un modo similar a sus autores favoritos. Mal que mal siempre es así, uno termina adoptando costumbres de las personas que le agradan. A pesar de todo, un dejo de vergüenza no la dejaba comenzar. Siempre retrasaba su entrada en el mundo de la escritura. Todavía no era el momento, eso lo sabía, pero cuándo llegaría, no lo sabía y tampoco le preocupaba. Pintar la hacía encontrarse con su ser interior, con sus animales totémicos, y mientras contemplaba sus lienzos, la catarsis (algunos le llaman epifanía) se producía en su interior.


            
    Había momentos en que se sentaba en la plaza a ver la gente pasar; Era algo agradable para ella, observar el alocado transitar de las personas y ver sus gestos naturales al caminar, la ropa que usaban, intentar identificar la personalidad de cada uno, solamente a causa de alguna prenda en especial o de algún tic gestual. Un día, encontrándose sentada en su misma banca de siempre, observó un tipo al que nunca había visto por ahí – lo cual de cierta manera, le sorprendía un poco – por el hecho de conocer bastante bien a todos los habitantes de aquella zona que rigurosamente transitaban a la misma hora, siendo fieles a sus amargas rutinas. Aquel joven era diferente; parecía no seguir ningún patrón establecido, de cierta manera, huía del entorno de una forma apenas perceptible. No veía a las personas a la cara, lo cual demostraba que era tímido, o que era  simplemente, asocial. Vestía ropas que seguramente eran compradas en ropa americana, utilitarias y en ningún caso feas, aunque eran pocas las personas que compraban allá –ella era una de esas personas- así que intentó recordar si por casualidad lo había visto en algún local. Nada. Llevaba algo bajo el brazo que supuso debían ser algunos cuaderno, logró verle el color de su pelo, y luego, lo perdió de vista entre la multitud.


            
    
    Aquella visión no la abandonó, y siguió con ella los días posteriores, quebrando de lleno sus rutinas y volcándose completamente en la tarea de encontrar aquel cuerpo, para poder ver su cara y terminar de reconstruir el entramado de ideas que se le habían presentado en su cabeza.


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