El frío viento cortaba su rostro. A ambos lados del camino solo veía blanca desolación. Altas cordilleras lo abrazaban entre sus gélidos brazos. El tiempo escapaba de todo orden preestablecido, se encontraba en un valle sin salida, pero algo en su interior le decía que no podía quedarse allí. La noche se aproximaba y con ella, una densa oscuridad, impecable, que cubriría entre sus tinieblas todo camino que podría lograr llegar a trazar. Ningún animal parecía vivir por esos inhóspitos parajes, más en su cabeza oía el llamado de algún pájaro, como invitación o advertencia a salir de aquel lugar. Revisó sus bolsillos, nada de mucha utilidad, aunque como era su costumbre, en el bolsillo derecho de su chaqueta encontró su cajetilla de Lucky Strike y su encendedor. No vendría mal una calada de suerte. Sacó un cigarrillo, agrupando sus manos alrededor de éste y con ayuda del encendedor, lo prendió; Aspiró suavemente y sintió recorrer el tabaco por su cuerpo. Suficiente para devolver la energía en aquella situación. Comprobó la situación de su ropa. Toda estaba en orden. Solo quedaba una cosa por hacer. Caminar. Recordó las palabras de algún amigo al respecto, "Una caminata de cien kilómetros comienza con un paso", y le pareció curioso lo cierto que era, en esta situación, aquel dicho. Intentó buscar en la bóveda celeste alguna estrella que le diera ayuda para trazar un destino, pero nada. El cielo se había cerrado sobre él y no había esperanzada de que se despejara. Fiel a sus costumbres, sacó una moneda de su pantalón, pensó en algunas posibles direcciones y lanzó la moneda al aire. Ésta giró cortando el viento y llevando consigo el destino de aquel perdido viajero, cayendo con un golpe seco en la palma de su mano izquierda. Sello. El camino de la izquierda. Guardó su moneda, y se aprontó a caminar. El cigarrillo ya se había consumido, quedando su colilla como vestigio de la presencia humana, errabunda por aquellos lugares. Mientras caminaba se dedicaba a contemplar la oscuridad de la noche, cada vez más profunda. No tenía miedo; tenerlo en esas ocasiones solo retardaría más las decisiones importantes. Metió las manos en los bolsillos para evitar que se le congelen, caminaba y tarareaba alguna canción que recordara de sus películas favoritas. La vida es un libreto de cine; imaginaba al director guiando su caminar y una toma de cámara donde él se vaya perdiendo en la lejanía del horizonte, hundiéndose cada vez más en la oscuridad. Metáforas. Mejor el teatro, se pierde en el fondo del escenario y cae el telón. Le agradaba más, sobre todo cuando el telón era de ese rojo tan característico de los teatros parisenses del siglo XIX. La realidad inmediata era que no había director, camarógrafos, ni telón parisino; Solo él y la irrevocable soledad. El frió se acostumbró a su presencia. Ya no cortaba su carne al acariciarlo, aunque seguía enfriando sus pulmones al caminar, inevitablemente. Cada ciertos metros de avance, prendía un cigarrillo para tener compañía y dialogar con alguien que supiera tanto de él como él mismo. Se acompañaban mutuamente desde hace años, muchas historias habían vivido juntos, aunque concluyeron que ésta era la más rara. Cuando ya había caminado un par de metros más, sintió el sonido del oleaje enfurecido estrellándose sobre las rocas que impedían su paso, vio que el sol salía por el horizonte marino y contempló la bella escena hasta que el sol se dio a conocer por entero. El frío había sido remplazado por la brisa marina, la nieve transmutó en arena y las altas cordilleras dieron paso a bosques interminables. Un poco mejor, aunque ya se había acostumbrado a la nieve y la noche. Se sentó y fumó. Pensó su mujer. Una lágrima resbaló por su mejilla. El ambiente costero siempre traía consigo una cuota de nostalgia. Algún día la volvería a ver. Sonrió, sacó un cigarrillo y fumó. Buscó algún lugar apropiado y descansó por algunos momentos cerrando los ojos.El tiempo se había esfumado de aquel espacio, no tenía noción de cuánto había caminado, ni tampoco de cuanto había descansado. Estiro su cuerpo, despejó su cabeza y continuó el camino. Al poco andar, el sonido del mar cesó violentamente y se vio a si mismo rodeado de arena y todo alrededor desapareció. Un clima más agradable le acompañó desde este momento, aunque la monotonía del nuevo valle al poco rato lo terminó por aburrir. Buscó algunas piedra donde poder sentarse, sacó la cajetilla, quedaba el último cigarrillo. No había más remedio. Sacó el encendedor y fumó, recordando esta vez viejos tiempos junto a las personas que quería. Sonrió. Al botar la colilla, le dijo unas últimas palabras en forma de despedida y continuó el andar. A los pocos pasos sintió el sonido de un motor, motor antiguo y estropeado por el trabajo y el esfuerzo de surcar por aquellos inhóspitos parajes. Miró hacia atrás y vio lo que sería una micro de una época difícil de calcular. Esperó, le hizo señas y subió.
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